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Un oasis en una España polarizada

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, felicida a Lamine Yamal por la victoria. | Foto: Dylan Martínez

| Palma |

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Cuando mis colegas de Deportes me pidieron un artículo para estas páginas, debo reconocer que sentí entre ilusión y pánico. Lo confieso, no me gusta el fútbol; bueno, en realidad no es que no me guste, no me interesa, nunca ha conseguido captar mi atención. Por eso supone todo un reto escribir estas líneas en pleno contexto de la final del Mundial y con España como gran triunfadora.

Si retrocedo un poco –o bastante– en el tiempo, recuerdo que desde muy pequeño fui testigo de la capacidad que tiene el fútbol para despertar pasiones. Mi padre, madridista hasta la médula, no se pierde un partido. De hecho, uno de los momentos más bonitos de este Mundial llegó cuando mi madre me llamó tras la victoria de España frente a Francia y su clasificación para la final. Me emocionó escuchar la felicidad de mi padre. Quizá por eso acepté escribir este artículo, quería entender qué tiene este deporte de especial.

Para que me entiendan un poco más, soy de los que durante un partido mira la pantalla como quien ve llover. Sé que está pasando algo, pero no termino de entender la película. Aun así, estos días he acabado poniendo los encuentros de fondo mientras hago cosas por casa. Y de repente escuchas el grito del vecino, el rugido que sale de las ventanas abiertas, pitidos constantes de coches, y entiendes que hay una vibración de la que resulta muy difícil quedarse al margen.

Desde mi condición de absoluto ignorante, lo que realmente me fascina del fútbol no ocurre sobre el césped, sino fuera de él. Me maravilla la mente del aficionado. Personas capaces de olvidarse del cumpleaños de su madre, pero que te recitan de memoria la alineación de todos los equipos de la Liga. Me parece extraordinario. Una enciclopedia viva de datos, tácticas, estadísticas y rivalidades que muchos querríamos tener para nuestro propio trabajo.

Mucho ha llovido desde Sudáfrica 2010 y este es el Mundial de España, pero también de las redes sociales. Lo hemos vivido con una segunda pantalla permanente entre las manos. Instagram, TikTok y X se han convertido en un festival de memes, hasta el punto de que quienes apenas entendemos de fútbol hemos encontrado un sitio desde el que participar. Hoy un partido ya no dura 90 minutos; dura las 24 horas del día. Pero el verdadero golazo no se ha marcado sobre el césped, sino fuera de él. Vivimos atrapados en una crispación constante, con una polarización que parece no tener fin y una extrema derecha empeñada en dividirnos entre buenos y malos, en convencernos de que quien piensa diferente es un enemigo y que la rojigualda es suya. Y, de repente, ocurre algo inesperado. Durante unas semanas, el fútbol ha conseguido sentarnos a todos en el mismo sofá. Ver a un país celebrando una Copa del Mundo y abrazándose sin preguntar antes qué vota quien tiene al lado, resulta profundamente reconfortante. También lo ha sido ver a Trump con el rabo entre piernas y a un Pedro Sánchez pletórico, todo un icono internacional en contra de las guerras y la desigualdad en un escenario perfecto: la Nueva York multicultural de Mamdani.

Seguramente todo esto será como un oasis en el desierto y en unos días volveremos a la gresca, de eso no me cabe duda alguna. Es como aquello de que íbamos a salir mejores personas tras la maldita pandemia. Sea como sea, vivamos el momento y disfrutemos del éxito, aunque seguro mañana más de uno y una estará de baja, esas que tanto le gustan a Feijóo.

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1 comentario

Pygmaleon Pygmaleon | Hace un mes

Molt bé per en Lamine Yamal las formas mai s’han de perdre. Un Donald Trump fora de joc. (:)

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