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Danza de la locura

Crónica de un día con el poeta maldito, Leopoldo María Panero

La imagen de Leopoldo María Panero dentro del firmamento literario español, no es nada desconocida. Él es nuestro 'maldito', el poeta loco de España, conocido por sus numerosos internamientos en hospitales psiquiátricos, su vida desordenada y otros escándalos varios. Yo, un joven poeta, caminando por el sendero de los 'visionarios', los 'raros, locos, malditos' y personajes de semejante especie como Arthur Rimbaud, Jack Kerouac, Antonin Artaud, William Blake o el propio Panero. Mi decisión de visitar al poeta viene de un año atrás, llevado por la admiración y en parte, por el deseo fervoroso de introducirme en la vida del genio loco. Tras varios meses de breves conversaciones telefónicas, se presentó la posibilidad de realizar la visita. La mañana del 20 de Octubre, nervioso, con la sensación de cruzar las puertas del infierno, tomé el avión a Las Palmas de Gran Canaria. Al día siguiente, el 21 de Octubre, me dirigí a las 8:00 de la mañana hacia el sanatorio, en la localidad de Tafira Alta. Entre cierta bruma y algo de desasosiego tomé un café en un bar cercano al psiquiátrico y a las 9:00 me presenté allí. Me hicieron esperar en la entrada mientras llamaban al poeta.

Estaba a punto de recibir al 'maldito', un sueño macabro e inusual hecho realidad. Le vi venir, me reconoció sin haberme visto nunca antes. Nos saludamos y enseguida surgió la literatura (Leopoldo me habló del libro que yo llevaba en la mano, un ejemplar de «Naked Lunch» de William S. Burroughs). Mi primera impresión fue de calma, sus ojos (siempre muy abiertos) me transmitían la sensación de calma, sabiduría, experiencia.

Tomamos un taxi para llegar al centro, donde pretendíamos desayunar y charlar. Lo primero, antes de sentarnos en la cafetería, sería comprar tabaco en el estanco, mucho tabaco. Leopoldo me aseguró que el tabaco es su única preocupación: «A mí lo único que me preocupa es tener mis siete paquetes de tabaco». Deseé poder decir lo mismo. Poco a poco, entre citas literarias, me relato su estancia en el sanatorio, que él describe como «el infierno de Dante», y yo que siempre pensé que la vida de Leopoldo es una «Divina Comedia», o debería decir: «Divina Tragedia». Leopoldo es una persona que pierde gradualmente el contacto con la realidad, o mas bien, con nuestra 'realidad cotidiana', la que percibimos en el día a día. El poeta tiene arranques y fogonazos de lucidez que muestran a una persona extremadamente culta: «A mí me tienen envidia, porque saben que soy una enciclopedia andante», y otras veces parece sumido en otra dimensión, donde se pierde en una maraña de incoherencias, paranoias sobre la CIA o los masones, sobre el Cristo y el Anticristo. «Nietzsche no estaba loco cuando escribió 'El Anticristo' me aseguró entre otras cosas como que «a Edgar Allan Poe lo envenenaron y a Gerard de Nerval se lo cargaron para divertirse». También hablamos de Freud, Jung, Lacan. Leopoldo es un apasionado de la psicología y del psicoanálisis. «A mí me habría gustado ser psiquiatra y ganar millones con el psicoanálisis», dijo. Admiro a Leopoldo por su disidencia, y porque me parece una persona bellísima, de la que se puede aprender mucho, pero es quizá el estar al borde del abismo lo que más me atrae de él como poeta y como persona. Sus primeros poemarios (los que yo prefiero) son una muestra de cultura, originalidad, 'malditismo' como lo califican muchos, y roces con el infierno, deseo de arder, vivir por la poesía, la poesía vista por sus ojos no es un arte, es una forma de vida. Yo opino que esa dedicación permanente a la literatura es una forma de defensa contra el mundo, refugiarse en los personajes literarios, y ello generó su 'locura', o parte de ella. Una locura preñada de lucidez, de poesía.

En el día que pasé con él, entre cigarrillos y Coca-Colas (que engulle con viciosa avidez) tuve ante mí un desfile de emociones difícil de asimilar en tan corto tiempo: tanto tristeza (por su aislamiento) como alegría (por aprender de él, por sus elogios a mi escritura). Otra de las cosas que se quedaron muy claras es el inmenso parecido del autor con sus poemas. Antes su poesía reflejaba soledad, desespero, y así era Leopoldo. Ahora sus poemarios siempre recurren a los mismos registros, como puede ser lo excrementicio, referencias a divinidades infernales, criaturas del inframundo y demás personificaciones del mal, además de la constante búsqueda del verdadero sentido de la poesía, la página y el verbo. Una especie de redención en la literatura. «Ah ira de la luz, calor del excremento/ que se asoma pálido a la página/ en do brillan las heces, y en ellas/ se disuelve el mundo», de «Erección del Labio Sobre la Página». Al menos sigue escribiendo y eso es un alivio. Según Leopoldo, está a punto de terminar una novela, de la que sólo reveló el título: «Dad, I'm afraid, give me your hand» (Papá, tengo miedo, dame la mano). Finalmente, a las 20,00 nos pusimos en camino de regreso al «infierno de Dante» y a las puertas del sanatorio, con esa particular risa suya se despidió de mí, augurando un brillante futuro de colaboración literaria que espero que se cumpla. «Nos vemos, Darkness», aulló. «Darkness», oscuridad, así me ha rebautizado Panero con el fuego de sus palabras, y acto seguido, el espectro, el poeta fantasma desapareció en las sombras. Un final digno de Edgar Allan Poe. Solo espero que Panero vaya para largo. Siempre ansioso de ser testigo de su genuina 'demencia poética'.

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