JULIO HERRANZ
El crítico Juan Manuel Bonet escribe en el catálogo de la exposición que Erwin Bechtold ha presentado recientemente en el centro cultural Ca n'Apol·lònia de Mallorca una interesante reflexión crítica sobre el artista alemán, co-fundador del Grupo Ibiza 59:
«Mientras muchos artistas, en aquella España de comienzos de los años sesenta, se dejaban seducir por los cantos de sirenas de la neofiguración a lo Francis Bacon, o de un pop art que aquí fatalmente se tuvo que teñir de política, o de un op art y un cinetismo en exceso tecnologista, Bechtold, en su isla, no orientó sus pasos en esa dirección, sino que, por el contrario conectó con actitudes puristas, del tipo de las que sostenían Lucio Fontana y los especialistas italianos, tan amigos del monocromo, o lo minimal en los Estados Unidos.
«De su pasado informalista siempre conservaría Bechtold una decidida voluntad de otorgarle a la pintura una vibración, un aura, un misterio que pocas veces poseen las obras exclusivamente basadas en la geometría de tantos artistas de la segunda mitad de siglo.
«Bechtold trabaja en base al diálogo de los contrarios. Toda su obra está animada por la voluntad de hacer compatibles cosas que en principio parecen incompatibles: Alemania e Ibiza, razón y sinrazón, geometría y organicidad, orden y libertad, evidencia y misterio, cuadrícula y gesto, fondo y figura, sequedad y humedad, forma y sentido, plenitud y profundidad, luz y sombra, dureza y temblor, serie y cuadro aislado, y así sucesivamente (...)
«En los últimos años, el arte de Bechtold ha alcanzado un grado muy elevado de concentración, de esencialidad. Impresionante fue en ese sentido a mis ojos su individual madrileña, celebrada en 1990 en la Galería Juana Mordó.
«El pintor nos proponía unos cuantos ejemplos, depurados al máximo, de su arte. La geometría se reducía en ellos a ciertas angulaciones, a la emergencia de unas figuras semicirculares. Llamaba la atención también el color -cómo entre sus blancos y sus grises tan característicos hacían acto de presencia colores más saturados, rojos, verdes y azules- y la textura matérica en ocasiones, como si volviera sobre su propio pasado (...)
«A Bechtold le ha preocupado siempre, como buen discípulo de Léger, la integración de su obra a la arquitectura, algo que ya subrayaba Josep Lluís Sert en el catálogo de la exposición Monosèrie. El mejor ejemplo de esta faceta de su trabajo es sin duda alguna su intervención en las cuatro fachadas del Reiss-Museum de Mannheim (1988), para un inmenso y despojado mural, en el que domina, como en tantas zonas de su obra, el color blanco.