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Marga, regálale un libro a Illa

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El control de precios ha sido una constante a lo largo de la historia, ejercido por gobiernos de todas las ideologías y en casi todos los periodos. Reunir esas experiencias en un solo volumen permite comprender de forma didáctica los resultados —casi siempre negativos— de estas políticas. Eso es precisamente lo que han hecho Robert L. Schuettinger y Eamonn F. Butler en la recientemente reeditada obra 4.000 años de controles de precios y salarios.

Es un libro breve y muy adecuado para que la presidenta Prohens se lo envíe como obsequio al honorable Illa. Quizá, si lo leyera, reconsideraría el consejo que dio sobre los alquileres. Aunque lo más probable es que ya conozca las consecuencias que estas regulaciones están teniendo en su propia comunidad. Según Idealista, la oferta de viviendas en alquiler se ha reducido alrededor de un 15%, mientras que la Cámara de la Propiedad Urbana advierte de que el número de nuevos contratos ha disminuido «sustancialmente».

Aun así, la ministra del ramo —acostumbrada a forzar las estadísticas hasta que digan lo que conviene— insiste en que en Catalunya la oferta ha aumentado en 17.000 viviendas. Un dato que, tomado así, no significa gran cosa: en buena parte del territorio catalán no se ha aplicado ninguna limitación. Sus afirmaciones pueden calificarse, sin exagerar, de políticamente engañosas. De hecho, la declaración de «zonas tensionadas» probablemente esté provocando un trasvase de contratos hacia las zonas no reguladas, donde los inquilinos expulsados buscan refugio normativo. La experiencia histórica es abrumadora. Desde las dinastías del Antiguo Egipto hasta los códigos de Sumeria y Babilonia, pasando por el famoso —y fallido— Edicto de Precios Máximos de Diocleciano, los controles han generado siempre los mismos efectos: desabastecimiento, mercados negros paralelos, caída de calidad y desincentivo a la producción.

El caso de la Alemania nazi es especialmente ilustrativo. Hitler fue uno de los grandes promotores del control de precios. Los utilizó como herramienta para extender un férreo control estatal sobre la economía. Primero decretó la congelación de precios; después impuso el concepto de «precio justo», que no era sino el fijado por el Delegado de Precios del Reich. El resultado fue previsible: mercados negros, trueque, productos de calidad menguante y escasez generalizada, visible en las largas colas que se extendían por las calles. Más tarde, como suele ocurrir, la mala economía terminó pasando factura también en el ámbito militar.

Illa seguramente conoce buena parte de estos precedentes, aunque sabe que muchas creencias populares se apoyan en mitos reconfortantes. Adoptar la estética de Robin Hood para combatir a unos supuestos «propietarios-especuladores» puede resultar rentable electoralmente, pero dista mucho de ser una práctica honorable. En definitiva, el sistema de precios libres es una de las grandes creaciones de la civilización: permite asignar recursos de forma eficiente y evita las distorsiones que generan las intervenciones arbitrarias. Si escuchan la palabra «escasez», no busquen muy lejos: casi siempre encontrarán detrás un control de precios.

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