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Balears no necesita superhéroes laborales

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En España, y especialmente en territorios como Balears, donde las economías locales dependen del trabajo riguroso, cotidiano y silencioso, parece que hemos entrado en una espiral laboral que roza lo absurdo. Las empresas buscan perfiles preparados, responsables, capaces de hacer lo que dicen saber hacer. Nada extraordinario. Nada heroico. Pero el mercado insiste en ofrecer candidatos convencidos de que deben ser estrellas antes de haber encendido una sola bombilla.

Nos hemos tragado el mito del superhombre laboral: ese ser capaz de liderar proyectos, dominar idiomas, manejar tecnología, resolver crisis, inspirar equipos y, de paso, mantener un equilibrio personal de película. Un ideal que no existe, que nadie puede sostener… y que, peor aún, está desplazando el valor de lo esencial: el trabajo de calidad, hecho lento a veces, hecho con conocimiento y con respeto. Porque la economía no avanza gracias a quienes prometen imposibles, sino gracias a quienes cumplen con lo que dicen. A quienes saben interpretar una norma, entregar un informe sin errores, presentar un impuesto sin convertirlo en un sudoku, cerrar una venta sin adornos ni flores, simplemente porque el producto o el servicio es lo que se desea, esa atención al cliente acogedora y servicial que llena al otro.

A quienes no buscan protagonismo, sino resultados. Esos perfiles no llevan capa, pero sostienen negocios completos. Sin ellos, ni el bar de la esquina ni la multinacional sobrevivirían un trimestre.
Sin embargo, hoy vivimos un fenómeno inquietante: cada vez es más difícil encontrar personas que simplemente sepan hacer su trabajo y lo hagan bien. La cultura laboral contemporánea parece haber generado una burbuja de expectativas desalineadas. Candidatos que piden condiciones premium sin experiencia real. Perfiles que negocian horarios antes de demostrar si dominan lo básico. Solicitudes que parecen diseñadas desde un manual de autoexigencia sin conocimiento.

Y no se trata de demonizar. Se trata de poner los pies en la tierra: ninguna empresa puede construir valor sobre aspiraciones vacías. La responsabilidad y la profesionalidad no son antigüedades; son el motor económico de cualquier territorio. Sin ellas, da igual cuántas ayudas lleguen, cuántos proyectos se anuncien o cuántos discursos se pronuncien: nada avanza. Por eso es urgente recuperar la dignidad del trabajo bien hecho. El que no presume, pero resuelve. El que no promete, pero cumple. El que no busca aplausos personales, sino aportar a un engranaje mayor que beneficia a todos.

La simplicidad es revolucionaria: hacer lo que toca, hacerlo con amor y hacerlo bien. No necesitamos superhéroes. Necesitamos profesionales que entiendan que el impacto real no está en la épica, sino en la responsabilidad. Y quizá cuando volvamos a valorar lo elemental, dejaremos de buscar milagros en cada proceso de selección y comenzaremos a construir un mercado laboral que funcione de verdad.

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