La guerra sorpresa de Trump y Netanyahu contra Irán, con el asesinato de sus dirigentes y bombardeos continuos, persigue la destrucción de su régimen y el sometimiento a sus intereses. El objetivo de Israel está claro, destruir su capacidad nuclear y ampliar su territorio. Y la pregunta es ¿Por qué se ha metido Trump en una guerra que no afecta directamente a Estados Unidos, a pesar de los grandes fracasos de las intervenciones de los anteriores presidentes republicanos, Bush padre y Bush hijo? El primero fue con una coalición bajo mandato de la ONU, en lo que se llamó la Primera Guerra del Golfo Pérsico, causada por la invasión de Kuwait por parte de Irak (Sadam Husein). El caso de su hijo George W. Bush (la Segunda Guerra del Golfo) fue una terrible venganza, respondiendo a los atentados del 11 de septiembre del 2001 a las Torres Gemelas y al Pentágono, justificado por el apoyo de Irak a esas acciones del grupo terrorista Al Qaeda. El objetivo era derrocar a Saddam Hussein y eliminar supuestas armas de destrucción masiva.
Lo que es verdad, es que Israel es el único país de Oriente Medio que tiene armas de destrucción masiva (cientos de bombas nucleares y capacidad de lanzarlas). Un verdadero peligro con el agresivo gobierno de Netanyahu. Ahora, Trump vuelve a hacer en el Golfo Pérsico, con bombardeos, tropas y amenazas de destrucción total, lo que podríamos llamar la Tercera Guerra del Golfo.
Trump es un hombre de negocios que se mueve por dinero y poder. Aprovecha su cargo para extender sus negocios y el de su familia por el mundo y de paso sus bases militares. Creó su propia criptomoneda unos días antes de su investidura que se revalorizó rápidamente. Su empresa familiar WLF (World Liberty Financial) vende tokens y criptomonedas que son compradas por gobiernos árabes (EAU) y multimillonarios, a cambio de supuestos favores. Proyectos inmobiliarios y campos de golf que se siguen extendiendo por todo el mundo. Trump, como negociante, maneja a su antojo el mejor ejército del mundo, se permite amenazar a cualquier país tanto en temas económicos como militares. Intervenir en otros países para apropiarse del petróleo de Venezuela e Irán y pretender quedarse con todo el petróleo que pase por el estrecho de Ormuz.
Las decisiones contradictorias de Trump dan lugar también a ganancias millonarias en los mercados financieros, de los que se beneficia él o su entorno. La realidad es que ésta nueva guerra de Trump en el Golfo Pérsico, con el cierre de Ormuz, por donde pasaban 20 millones de barriles de crudo diarios, dirigidos especialmente a Europa y Asia, va a afectar más a los europeos que a los americanos. El encarecimiento del petróleo se transmite a los costes de producción y al precio de los bienes y servicios y por lo tanto al poder adquisitivo de los ciudadanos, tanto por el encarecimiento del crudo y sus derivados, como generando una crisis agrícola. El incremento de los precios de los alimentos, que podría doblar el IPC actual en España, se debería a la escasez de fertilizantes, al incremento del precio del gasóleo y al impacto en el transporte de mercancías por barco.
El resultado es la disminución del crecimiento y el empleo y mayor inflación. Volvemos a la desastrosa experiencia de los años 70 del siglo pasado cuando el encarecimiento del crudo en Oriente Medio generó un empobrecimiento general en España, con más inflación y mayor desempleo (estanflación). Ahora, con la guerra de Trump, los precios del crudo han llegado a 120$, casi doblando los que teníamos antes, y si la guerra se agudiza y se extiende, pueden superar los 200$. Europa, como en aquellos años, quedará empobrecida. Si logra imponerse Trump, Estados Unidos, que era el primer productor, superaría a todos juntos al adueñarse también del petróleo venezolano e iraní y con sus amigos del Golfo Pérsico (Arabia Saudi, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos...), serán más ricos y harán a Trump más poderoso. Con sus petrodólares consolidarán de nuevo al dólar como moneda de reserva mundial.
Son los últimos coletazos de un imperio que se resiste a morir.