La irrupción de ChatGPT, Copilot, Gemini, Claude y demás inteligencias artificiales (IA) generativas de uso masivo ha sido tan rápida que apenas hemos tenido tiempo de pensar cómo la incorporamos a nuestro día a día. Herramientas que nos evocan a algunas películas de ciencia ficción redactan informes, resumen documentos, corrigen textos, preparan clases o sugieren argumentos. Como economista y docente, contemplo este fenómeno con cierto entusiasmo, pero también con mucha inquietud. La cuestión no es solo si la IA nos hace más productivos, sino si nos ayuda a pensar mejor. Mal utilizada, puede ser una coartada para trabajar peor y pensar menos. El estudiante que le pide un trabajo completo sin leer, contrastar ni comprender el resultado no aprende: externaliza el esfuerzo cognitivo. El profesional que delega un informe sin revisar supuestos o fuentes no gana inteligencia: multiplica el riesgo de errores con apariencia de sofisticación.
En la docencia, demasiados alumnos usan la IA como atajo para entregar tareas que no dominan. Otros la emplean como tutor exigente: piden explicaciones alternativas, ejemplos, contraargumentos o preguntas de autoevaluación. Ahí está la frontera. La IA empobrece el aprendizaje si sustituye lectura, escritura y razonamiento; pero lo enriquece si obliga a preguntar mejor y detectar inconsistencias.
Curiosamente, en tiempos de IA la escritura a mano cobra especial importancia: ayuda a fijar, verdaderamente, el conocimiento adquirido.
El profesorado tiene la oportunidad de reaccionar y adaptarse. Prohibir es la manifestación de la incompetencia del sistema educativo ante esta revolución tecnológica. Hay que rediseñar la evaluación, exigir más defensa oral, más razonamiento propio, más conexión con casos reales y más capacidad crítica. La IA nos obliga a abandonar tareas mecánicas que simulaban medir conocimiento y, en realidad, valoraban el trabajo repetitivo. Si un trabajo puede hacerlo razonablemente bien una máquina, quizá no era un buen trabajo académico. La docencia debe orientarse menos a reproducir información y más a enseñar a preguntar, contrastar, argumentar y decidir.
En el ámbito profesional, muchas empresas proclaman que la IA ha disparado la productividad, pero conviene distinguir entre producir más texto y generar más valor. Una presentación vistosa, un correo trabajado o un resumen rápido no son necesariamente una mejora sustancial. La verdadera productividad aparece cuando la IA reduce tareas repetitivas, ordena información compleja y libera tiempo para el análisis o el juicio experto. En finanzas puede comparar escenarios o sintetizar normativa; pero no sustituye la responsabilidad de interpretar datos, entender al cliente y asumir las consecuencias del consejo dado.
¿Ayuda la IA a que mejoremos nuestro conocimiento y capacidad de razonar? La IA nos hará más inteligentes en la medida que la usemos para pensar mejor, no para dejar de pensar. La alfabetización del futuro no consistirá solo en manejar herramientas digitales, sino en formular buenas preguntas, verificar respuestas, reconocer sesgos y aportar juicio humano. Cuanto más poderosa sea la inteligencia artificial, más valiosas serán las habilidades que no puede replicar plenamente: criterio, empatía, ética, creatividad, experiencia profesional y responsabilidad.