Hace dos años que la ciudad de Amsterdam aprobó una medida para prohibir la publicidad de todos aquellos productos considerados con alta huella de carbono en espacio públicos gestionados por el ayuntamiento. Desde carne a vuelos baratos, cruceros o combustibles fósiles bajo el argumento de reducir el impacto climático.
En poco tiempo, hemos pasado de ser sostenibles reciclando vidrio y reduciendo bolsas de plástico a la implantación de medidas que apelan a nuestros hábitos cotidianos más personales. Qué comemos, cómo viajamos, qué podemos consumir e incluso qué productos pueden anunciarse públicamente. La transición ecológica ya no se plantea únicamente como una cuestión tecnológica o industrial sino también cultural y moral.
El problema aparece cuando se simplifican las cosas porque no toda la carne es igual. No es lo mismo un modelo industrial intensivo desvinculado del territorio que una ganadería extensiva ligada al paisaje, a la biodiversidad y al mantenimiento del mundo rural. Y en territorios como Menorca, esta diferencia no es precisamente menor.
Aquí, buena parte del paisaje que admiramos existe porque durante generaciones ha habido campesinos cuidando el campo, manteniendo paredes secas, limpiando barrancos y criando ganado. El mosaico menorquín que privilegiamos no apareció por generación espontánea. Detrás hay actividad agraria, trabajo y animales pastando. Es por ello que aquí reivindicamos el producto local, la soberanía alimentaria y la necesidad de mantener vivo el sector primario para no convertir la isla en un decorado vacío.
Me pregunto hasta qué punto este tipo de prohibiciones, terminan siendo eficaces ya que vivimos en una sociedad donde la publicidad tradicional comparte espacio con las redes sociales y los algoritmos. Considero que los verdaderos cambios no acaban llegando tanto por prohibir sino por entender mejor qué modelo productivo estamos apoyando cada vez que llenamos la cesta de la compra, lo que se llama la compra consciente. En el fondo, de las pocas cosas que todavía podemos hacer como ciudadanos libres de pleno derecho, es elegir a quién entregamos nuestro dinero a la hora de hacer nuestra compra diaria. Y, seguramente, ese continua siendo nuestro voto más directo.