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Vértigo y cambio

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40.000.000.000.000, es decir, 40 billones (europeos) de dólares es la cifra de deuda pública que han alcanzado los EE.UU hace unos días. Pero no solo es un récord de deuda el que se ha batido este agosto, si no que también lo es el coste de su financiación y su peso en el PIB. Las implicaciones que se derivan de este hecho van más allá de un mero dato y suponen cambios económicos globales.

Desde el final de la segunda guerra mundial y hasta los años 70 la forma de actuar de la política monetaria y fiscal consistía en el «stop and go» o como decía el presidente de la reserva federal americana (FED) William McChesney, en retirar el ponche de la fiesta cuando ésta se ponía más interesante. Ante una desaceleración económica la FED relajaba los tipos de interés, el gobierno recortaba los impuestos o aumentaba el gasto público. Pero cuando se recuperaba el crecimiento se subían los tipos, se recortaba el gasto o se incrementaban los impuestos para evitar un recalentamiento. Se trataba de una política anticíclica que intentaba que el país alcanzara su máximo crecimiento por una senda estable. Pero como decía hace unas semanas El Economista, parece que los supervisores de dinero y del tesoro se han liado con la receta del ponche o les han obligado a cambiarla para que cunda la borrachera.

Ante el crecimiento imparable de la deuda de EE.UU. por un déficit cercano al 6% del PIB y con una inflación del 3,6%, el tipo de interés a ha alcanzado el 4,68% en las emisiones de bonos a 10 años y el 5,216% en el bono a 30 años. Es decir, su máximo histórico desde el 2001 en el caso del bono a 30 años y del 2008 en el de 10 años. Con una deuda que representa más del 120% del PIB, el pago anual de los intereses se está convirtiendo en una imparable bola de nieve. Para intentar frenar el aumento de intereses a largo plazo, el secretario del tesoro americano Scott Bessent anunció la compra de deuda a largo plazo en los mercados secundarios financiada con la emisión de deuda más barata a corto plazo. Esta operación condicionaba a la FED e implicaba prácticamente la monetización de la deuda con claras implicaciones inflacionistas. Aquí reside la borrachera, en vez de frenar la inflación, la FED la empujaba hacia arriba y el tesoro, indirectamente y para abaratar el coste de la deuda, con sus maniobras acaba depreciando el dólar haciendo más atractivos sus sustitutos: el oro (+7% en agosto), la plata (+6,8%) el Bitcoin (+23%), el euro, etc.

El mercado huye del dólar y de su deuda por una falta de confianza demandando en compensación una mayor remuneración e incluso en el mercado doméstico los inversores prefieren bonos de empresas privadas a los de su propio gobierno.

Los denominados vigilantes de la deuda que antes copaban los mercados parecen desconfiar de un gobierno errático con cada vez menor credibilidad y que amenaza con la denominada represión fiscal que no es más que un retorno al control en la circulación de capitales después de liquidar el sistema arancelario global. El Plan Pensilvania que buscaba una erosión de la deuda vía inflación y una represión que garantizara la financiación a nivel nacional parece cada día más cerca.

Y que pasa con nosotros. Europa tiende a emular a los EE.UU. y en nuestro continente también tenemos gobiernos muy endeudados e inestables como para recortar de forma valiente el gasto. No descartemos tensiones en el mercado de la deuda, una inflación que perdure, intereses a largo plazo más altos y retornos a políticas de cierto control de capitales.

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