Hace unas semanas, un país que vive en buena medida del turismo, el entretenimiento y las puestas de sol se detuvo para mirar al cielo. Millones de personas, gafas homologadas, móviles preparados y hasta menús eclipse. La imagen era demasiado perfecta. No porque la luna tapara el sol durante unos minutos, sino porque vivimos una época entrenada para mirar donde nos dicen que miremos. Durante años nos enseñaron que el dedo no debía impedirnos ver la Luna. Ahora miramos el dedo, el anillo, la manicura y hasta el patrocinador del dedo mientras la realidad juega su propio partido. Terraplanismo e inteligencia artificial. Indignación y algoritmo. Opinión y dato mezclados hasta que resulta difícil saber si el balón entró, si el árbitro vio la jugada o si simplemente nos están repitiendo la toma que conviene al realizador.
El Mundial nos regaló otra buena metáfora. España ganó jugando como un equipo mientras alrededor de la final se desplegaba un espectáculo de poder, protocolo y geopolítica en alta definición. Infantino ejercía de maestro de ceremonias y Trump prolongaba su presencia incluso en el momento reservado a quienes habían ganado sobre el césped. Y quizá ahí estaba la verdadera lección. España ganó sin que nadie necesitara ser más grande que el escudo. Con talento, sí, pero también con trabajo colectivo, presión tras pérdida, pases al compañero y esa antigua costumbre de correr cuando no tienes la pelota.
La economía real se parece mucho más a eso que a una final con fuegos artificiales. Y la industria, también: gente que sabe hacer cosas, que mide, fabrica, repara, programa, prueba, se equivoca, mejora y vuelve a intentarlo cuando nadie aplaude. Pero antes de actuar hay algo todavía más básico: ver lo que está pasando de verdad. En tecnología lo llamamos observabilidad. En la vida podríamos llamarlo simplemente dejar de engañarnos. Porque una empresa, una administración o un país que no conoce el estado real de sus redes, su agua, su energía, su clima o su territorio acaba tomando decisiones a ciegas. Y quien no dispone de información propia termina dependiendo de la interpretación de otros.
Por eso me interesa mucho más un pequeño satélite que muchas grandes declaraciones. Mientras mirábamos al cielo por el eclipse, Balears ya tenía algo suyo allí arriba. Posidònia es el primer satélite impulsado desde las Islas y nace de la colaboración entre empresa, universidad, tecnología y sector turístico para observar mejor nuestro territorio, comprender los efectos del cambio climático y transformar datos en capacidad de decisión. Eso sí me parece una metáfora útil del futuro. El turismo puede ser mucho más que ocupación, camas y récords de visitantes. Puede ser demanda sofisticada para generar ciencia, tecnología e industria alrededor del agua, el clima, la energía, el territorio o la movilidad. Puede ayudarnos a digitalizar nuestros recursos naturales para gestionarlos mejor y hacernos más resilientes.
Estados Unidos entendió hace décadas que una política industrial ambiciosa podía generar conocimiento, tecnología y empresas mucho más allá de su objetivo inicial. Baleares no necesita misiles. Necesita conectar turismo, universidad, ciencia, datos, industria y administración alrededor de problemas reales. Porque la verdadera libertad de un territorio no consiste únicamente en votar, consumir o recibir millones de visitantes. Consiste también en conservar la capacidad de observar, decidir, producir, inventar, reparar y fabricar sin esperar siempre a que otros diseñen el futuro por nosotros. Reindustrializar España (y Balears) no significa recuperar las chimeneas del pasado. Significa construir capacidades para el futuro. El eclipse ya pasó. La pregunta es si, cuando vuelva la luz, seguiremos mirando desde la grada o nos atreveremos de una vez a pedir la pelota. La libertad no se importa. Se fabrica. ¡Pues a jugar!