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Estudiar fuera de Ibiza: ocho preguntas sobre el videochat semanal con casa

El 48% de los universitarios baleares cursa sus estudios fuera del archipiélago

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El 48% de los universitarios baleares cursa sus estudios fuera del archipiélago, el tercer porcentaje más alto de España, solo por detrás de La Rioja y Castilla-La Mancha.

En Ibiza esa estadística tiene forma de septiembre: maletas en el puerto, un piso compartido en Barcelona o Valencia y una casa que se queda con una habitación de más. Lo que viene después son ocho meses de conversaciones a distancia que nadie ha enseñado a nadie a tener. Estas son las dudas que más se repiten.

¿Cada cuánto hay que llamar?

Menos de lo que quieren los padres y más de lo que propone el hijo. Una vez por semana, con día fijo, funciona mejor que tres intentos improvisados que no cuadran. Lo importante no es la frecuencia sino que sea previsible. Una llamada que llega sin avisar un martes a las once de la noche interrumpe; una que está en el calendario desde octubre, no.

¿A qué hora?

El domingo por la tarde es la franja que mejor sobrevive al curso, por una razón práctica: es cuando un estudiante está en casa, sin clase al día siguiente a primera hora y sin plan todavía. Las mañanas de entre semana no funcionan casi nunca. Las noches tampoco, porque compiten con todo lo demás.

¿Videochat o mensajes?

Las dos cosas, pero no para lo mismo. Los mensajes sirven para logística: horarios, fotos, la matrícula, si llega el AVE. Para saber cómo está alguien hace falta verle la cara. Es la diferencia entre leer «bien» y ver cómo lo dice. Cualquier familia que haya pasado un primer trimestre solo por WhatsApp sabe que se enteró tarde de casi todo.

¿Toda la familia a la vez o de uno en uno?

De uno en uno, al menos parte del tiempo. Una llamada con padre, madre, abuela y hermano pequeño a la vez se convierte en una rueda de prensa: el estudiante contesta preguntas y no cuenta nada. Lo que suele funcionar es un rato en grupo y luego cinco minutos a solas con uno. Ahí es donde aparece lo que de verdad pasa.

¿De qué se habla cuando no ha pasado nada?

De cosas concretas. «¿Qué tal todo?» produce «bien» con una fiabilidad casi matemática. Preguntas que sí funcionan: qué has comido hoy, cómo es el profesor de la asignatura que odias, qué hacen los compañeros de piso los jueves, enséñame la habitación. Las preguntas que piden una escena en lugar de un balance son las que abren conversación.

¿Y si un mes no contesta?

Suele significar que está saturado, no enfadado. Noviembre y mayo, con parciales y finales, son los meses en los que las llamadas se caen solas. La respuesta razonable es bajar la exigencia sin retirar la cita: un mensaje corto, sin reproche, y mantener el hueco del domingo aunque algunas semanas dure diez minutos.

¿Cuánto debe durar?

Veinte o treinta minutos. Las conversaciones por cámara cansan más rápido que las presenciales —el retardo rompe el turno de palabra una y otra vez— y una llamada que acaba cuando las dos partes todavía tienen energía es la que hace que haya una siguiente. Alargarla hasta la hora y media una vez al mes no compensa lo mismo.

¿Y los primeros meses allí, sin conocer a nadie?

Esta es la parte de la que menos se habla y la que más pesa. Llegar a una ciudad de un millón y medio de personas desde una isla donde te cruzas con medio instituto en el súper es un cambio brusco, y las primeras semanas de un piso compartido no garantizan ninguna amistad. A la conversación con casa le pasa lo mismo que a un salvavidas: sostiene, pero no sustituye. Lo que ayuda en paralelo es tener alguna conversación nueva que no dependa de la suerte del piso ni de la clase. Media hora de videochat con alguien de otro país, elegido por un idioma que se está estudiando o por un interés concreto, ocupa poco en la semana y funciona sorprendentemente bien en esos primeros meses. La práctica de idiomas es el uso más extendido, por un motivo evidente: media hora en tu lengua, media hora en la suya, y las dos partes igual de motivadas.

Tres detalles que mejoran cualquier llamada

  • La luz delante de la cara, no detrás. Una ventana a la espalda convierte al estudiante en una silueta y a la abuela en una sombra.

  • La cámara a la altura de los ojos. En un portátil, eso es una pila de libros debajo.

  • Y cerrar la ventana en la que uno se ve a sí mismo, que distrae mucho más de lo que la gente cree.

En diciembre vuelven todos y la casa se llena durante quince días. Lo que decide cómo será ese reencuentro se ha ido construyendo, domingo a domingo, desde octubre.

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