Donald Trump ha vuelto a convertir la política internacional en un espectáculo de intimidación. Sus recientes declaraciones contra España, a la que calificó de «causa perdida», «mala gente» y «socio terrible», acompañadas de la amenaza de cortar todo el comercio bilateral, no son solo un exabrupto diplomático. Son la expresión de una forma de ejercer el poder basada en el insulto, la exageración y el intento de doblegar a los aliados mediante el miedo. Apenas 24 horas después de estas duras declaraciones, el presidente de Estados Unidos viró un poco su discurso y alabó que España «fuera generosa al acceder a una «solicitud de pago importante y si no lo hubieran hecho, ni siquiera les habríamos hablado», afirmó. Y es que el Consejo de Ministros aprobó antes de la cumbre de Ankara una transferencia de 6.200 millones para financiar actuaciones de defensa. «España se redimió por completo», expresó con rotundidad Trump. España puede discutir, como cualquier democracia madura, cuál debe ser su esfuerzo en defensa o su papel en la OTAN. Ese debate es legítimo y necesario. Lo que resulta inaceptable es que el presidente de la principal potencia occidental pretenda sustituir la negociación entre socios por el lenguaje de la amenaza. Las alianzas no funcionan como una partida en la que uno de los jugadores cambia las reglas cuando deja de gustarle el resultado. Funcionan sobre la confianza, el respeto mutuo y el cumplimiento del derecho internacional.
Política de fuerza
Lo más preocupante no es tanto la viabilidad de las amenazas de Trump —limitadas, además, por el marco comercial de la Unión Europea y por la propia legislación de EE.UU— como la normalización de un discurso que convierte cualquier discrepancia en una afrenta personal. El mensaje es claro: quien no se pliega a sus exigencias pasa automáticamente a ser enemigo. Es una lógica más cercana a la política de fuerza que a la diplomacia del siglo XXI.
Negociación
Los mercados pasan, los líderes cambian y los titulares se olvidan. Lo que permanece es la credibilidad de las instituciones. Trump ha vuelto a demostrar que entiende las relaciones internacionales como una negociación inmobiliaria en la que siempre debe haber un ganador y un perdedor. Europa, y España con ella, no deberían aceptar ese marco. Deberían responder con prudencia, pero sin sumisión.
No es con España. Es con Sanchinflas y su gobierno de ladrones mafiosos!!!