Maricarmen Abascal murió el miércoles a los 87 años, dos semanas después de salir en camilla de la casa en la que había vivido durante 71 años. El acuerdo que le permitía regresar a su hogar se alcanzó seis días después del desahucio. Demasiado tarde para ella. Maricarmen ya estaba ingresada en el hospital y nunca pudo volver a cruzar aquella puerta. Su historia ha sacudido la conciencia de un país que lleva demasiado tiempo hablando de la vivienda como un problema estadístico. Precios, alquileres, fondos de inversión, desahucios, decretos y votaciones. Detrás de todas esas palabras había una mujer de 87 años que llevaba toda una vida en su casa y que terminó siendo sacada de ella en una camilla. Conviene, con todo, no convertir su muerte en una consigna política. Tampoco sería justo atribuirle una causa que nadie ha demostrado. Pero sí resulta legítimo preguntarse qué ha fallado cuando una solución que parecía posible solo llegó después de que una anciana con problemas de salud tuviera que abandonar su hogar y acabar en un hospital.
Acampadas y elecciones.
Maricarmen se convirtió en el rostro de una crisis mucho mayor que su propio caso. Su desahucio encendió las protestas, llenó de tiendas la Puerta del Sol y llevó la vivienda al centro del debate político nacional. Incluso, podría decirse que ha precipitado la convocatoria de elecciones generales. Su muerte, pues, no debería servir para alimentar la bronca partidista, sino para recordar que ninguna política de vivienda puede olvidar a las personas que hay detrás de sus expedientes.
Proteger a los vulnerables.
Una sociedad digna no se mide solo por las leyes que aprueba, sino por la capacidad que tiene para proteger a quienes se encuentran en una situación vulnerable. Maricarmen pidió tiempo. Cuando finalmente llegó una solución, para ella ya era demasiado tarde. Ese es el verdadero fracaso que deja su historia.