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Histórica beatificación de veinte sacerdotes pitiusos

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Las Pitiusas viieron este sábado una jornada que quedará grabada en su historia. La beatificación de veinte sacerdotes asesinados durante la Guerra Civil supone un acontecimiento de enorme trascendencia religiosa, pero también humana, social y memorialística. La solemne ceremonia celebrada en la Catedral de Ibiza, presidida por el cardenal Marcello Semeraro, representante del papa León XIV, ha puesto el broche a un largo camino y ha devuelto al centro de la memoria colectiva a veinte vecinos cuya vida fue truncada en uno de los episodios más oscuros de la historia reciente de Ibiza y Formentera. El himno dedicado a los mártires pitiüsos, la lectura de la carta apostólica que oficializaba su beatificación, el descubrimiento del cuadro con sus imágenes y la presentación de las reliquias de Joaquín Cirer Sala y Antonio Tur Costa dibujaron una ceremonia cargada de simbolismo. La presencia de familiares de los nuevos beatos, junto a representantes institucionales y de la Iglesia, añadió al acto una dimensión que trasciende lo estrictamente litúrgico. Para muchas familias, ha sido también la culminación de décadas de dolor, silencio y espera.

No debemos olvidar qué ocurrió en 1936. Durante la Guerra Civil, veinte sacerdotes fueron asesinados en Ibiza en un contexto de violencia y persecución que golpeó a toda la sociedad. Las ejecuciones de los primeros días de la llegada de las milicias republicanas y la matanza de presos en el castillo de Dalt Vila, tras el bombardeo de la aviación italiana del 13 de septiembre, forman parte de una historia que no puede ni debe ser ignorada.

Proceso largo y riguroso.

La beatificación no ha sido fruto de una decisión improvisada ni de un gesto simbólico aislado. Detrás de este reconocimiento hay años de investigación, recopilación documental y testimonios, así como un procedimiento eclesiástico que se inició en 2008, cuando el entonces obispo de Ibiza, Vicente Juan Segura, firmó el decreto de apertura de la causa por martirio.

La fase diocesana concluyó en junio de 2015, después de reunir las declaraciones y los documentos necesarios. El expediente fue remitido a Roma y, en enero de 2017, la Congregación para las Causas de los Santos reconoció la validez del proceso. A partir de entonces, la documentación fue examinada por expertos y organismos especializados del Vaticano, que debían valorar si existían elementos suficientes para reconocer el martirio de los sacerdotes.

El informe fue aprobado por los consultores históricos en enero de 2025. Posteriormente recibió el parecer favorable de los consultores teólogos y, finalmente, el juicio de los cardenales y obispos del dicasterio competente. Con la aprobación del papa León XIV, la causa alcanzó su objetivo y la ceremonia pudo celebrarse en la isla.

Esta trayectoria demuestra la importancia de preservar los testimonios y los documentos, incluso cuando han transcurrido décadas desde los acontecimientos. La memoria necesita rigor, tiempo y voluntad. El agradecimiento expresado este sábado durante la ceremonia por el obispo de Ibiza, Vicent Ribas, a todas las personas que han trabajado en la causa es también un reconocimiento a quienes han mantenido viva la historia de estos sacerdotes y de sus familias.

Reparación y memoria.

La beatificación es, ante todo, un reconocimiento religioso, pero su significado para Ibiza y Formentera va más allá de la Iglesia. Es un acto de reparación histórica y social para los familiares de los veinte sacerdotes y para una comunidad que tiene derecho a conocer y recordar a sus vecinos, sus vidas y las circunstancias de sus muertes. No devuelve a las familias a quienes perdieron, pero reconoce públicamente su sufrimiento y dignifica la memoria de las víctimas.
La reparación no debe confundirse con la revancha ni la memoria con el ajuste de cuentas. Reconocer el asesinato de estos sacerdotes no obliga a alimentar enfrentamientos entre descendientes ni a simplificar una guerra que dejó víctimas de distinta condición en los dos bandos que se enfrentaron. Al contrario, pues una sociedad madura es aquella capaz de mirar de frente los episodios más dolorosos de su pasado sin ocultarlos ni utilizarlos como instrumento de división. Recordar estos hechos no significa reabrir heridas sino comprender nuestro pasado y reconocer el sufrimiento de quienes lo padecieron.

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