Como si se tratara de un símbolo de la división de la Tierra en dos, la ciudad brasileña de Porto Alegre acoge el Foro Social, aglutinando en él a los colectivos antiglobalización. Y Nueva York acoge el Foro Económico Mundial, donde están representados los países más desarrollados y, por tanto, más globalizadores por cuanto se refiere a la economía. De hecho, son las grandes multinacionales los principales exponentes de un mundo económico global.
Bien es cierto que vivimos en un planeta en el que los recursos, la información, la economía, no pueden entenderse si no es en un contexto de conjunto, pero eso conlleva unos riesgos, a los que se han referido en múltiples ocasiones los países en vías de desarrollo. El peligro fundamental de esta economía global es el de la exacerbación de las diferencias entre los estados más poderosos y los más pobres, que es lo que ha acontecido hasta el presente. Por ello, es preciso que desde el Foro Económico Mundial se puedan arbitrar unos mecanismos que eviten un mayor empobrecimiento de los países en vías de desarrollo y de los del tercer mundo.
Sin embargo, esto no puede hacerse prescindiendo de una realidad en la que ya no hay marcha atrás. Se trata precisamente de establecer vías de diálogo más que de enfrentamiento para superar unos esquemas económicos que favorecen a los más fuertes.
Por ello, es lógico que existan reivindicaciones como las de Porto Alegre, aunque sería de todo punto deseable que se evitaran todos los actos de violencia que, en nombre de la antiglobalización, han ido protagonizando pequeños grupos por todo el mundo. Se trata, sin duda, de un difícil reto que no tenemos más remedio que superar en beneficio del bienestar de todos los seres humanos.