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Editorial

El final de la cumbre

La cumbre de la ONU sobre la pobreza y el medio ambiente, que se celebra en Johannesburgo, termina hoy con un ligero avance hacia la reducción de la contaminación de la atmósfera, aunque no cita metas o plazos para fijar medidas y aumentar el consumo de la energía renovable. Lo positivo es que países como Rusia y Canadá firmarán el Procotolo de Kioto para la reducción de los gases que producen el «efecto invernadero», apoyo que parece contrarrestar la supresión en el texto del uso de energías concretas.

La crítica de determinados sectores se dirige hacia la indefinición de determinados puntos. Por ejemplo, el texto apela a la importancia de facilitar el acceso de los pobres a fuentes de energías, pero no se especifican pautas ni fechas para conseguirlo. Queda en una declaración de intenciones, en ocasiones no suficientes para que se lleguen a ejecutar. Más concisa fue la Unión Europea, que, a través de la comisaria de Medio Ambiente, fijó en 2010 la fecha para que el uso de energías renovables supusiera el 15% del consumo total.

El Protocolo de Kioto todavía no ha entrado en vigor porque no ha sido ratificado por países que suman el 50% del total de las emisiones de los gases. Tal vez tenga razón la persona que encabezó en 1972 la creación de la primera Cumbre de la Tierra, Sverker Astrom. Treinta años después afirma que estas cumbres se han vuelto ineficaces, demasiado costosas e impiden el desarrollo debido a la necesidad de consenso. Astrom reivindica algo tan sencillo como regresar a foros regionales pequeños porque no es posible que el contenido de una cumbre se «diluya y se vuelva insignificante» en un debate en el que intentan ponerse de acuerdo 185 países.

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