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opinión

Dicen. Por Maria de la Pau Janer

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Dicen que el President Torra no es un gran político. Sus adversarios le consideran un títere al servicio de las órdenes de Puigdemont, una figura secundaria en el gran teatro que orquesta el President en el exilio Sus amigos hablan de él a veces con cierta condescendencia, como si tuviesen que «perdonarle» veleidades que le alejan del perfil del político tecnócrata i practico. Está claro que no es un hombre práctico. Si lo fuese, no se hubiese jugado la presidencia por persistir en colgar un cartel que defendía a los presos políticos, hombres y mujeres que sufren la injusticia de la opresión en la cárcel, de la pérdida de libertad por haberse atrevido a imaginar que los pueblos pueden opinar sobre su futuro. Se le llama derecho a la autodeterminación.

Torra tiene un perfil de intelectual más que de político. Es el hombre de vasta cultura, a quien el azar lleva a presidir la Generalitat. Es evidente que cometerá errores tácticos, pues no tiene vocación de estratega, ni nadie le preparó para los complicados entresijos que guían al príncipe de Maquiavelo.

Torra se formó en la universidad, en los libros, y en la coherencia. Como es una persona coherente, decidió jugárselo todo por una pancarta. Una absoluta estupidez según la opinión de muchos. Un acto simbólico de esos que ya no se estilan, pero que deberíamos agradecer, para los que aún creemos en la honradez humana.

Torra estuvo confinado a principios de la Pandemia. Mientras sufría los efectos del Covid-19, negociaba él solito con una empresa china material de protección válido para los sanitarios catalanes, que, a causa de la opción centralista de la operación Pedro Sánchez, se encontraban sin mascarillas ni materiales de primera necesidad. Un Torra enfermo hablaba por teléfono a altas horas de la madrugada y a través de una intermediaria catalana con una empresa china que envió un millón de mascarillas a Catalunya, cuando los médicos se protegían vestidos con ropa hecha de bolsas de basura.

Torra va a ser inhabilitado porque no descolgó una dichosa pancarta. Será el segundo President de la Generalitat que sufre en los últimos tiempos las represalias de un Estado incomprensible. El otro fue Puigdemont, que vive en el exilio por una cuestión tan sencilla como dar urnas y papeletas a la gente. Tampoco quiero olvidarme de Artur Mas, juzgado e inhabilitado por el famoso 9 de noviembre. Tres. Eran tres a los que castigaron.

Mientras, un rey simpático y campechano huye de España y nadie sabe el número de las cuentas bancarias que tiene en el extranjero. Ese rey bonachón se hizo un gran bien a sí mismo y ahora disfruta en el paraíso de los Emiratos Árabes. A él nadie va a juzgarle, porque «érase una vez un rey intocable». Torra puede ir preparando las maletas. Y, por favor, que no olvide ninguno de esos extraños volúmenes que dice leer.

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