Me llaman unos amigos ibicencos desde Dubai (to buy or not to buy) para decirme que beben pintas de Guinness como si no hubiera un mañana mientras los misiles sobrevuelan sus cabezas. Son muchos los que han quedado varados en las arenas de los países del Golfo Pérsico y se lo toman lo mejor que pueden, entre una incertidumbre total. Algunos proyectan salir en cuanto reabran el espacio aéreo –lo cual es una incógnita—, e incluso conducir durante cinco horas hasta Omán, donde tal vez podrían tener más facilidades para burlar una guerra que se extiende peligrosamente.
De momento bares y restaurantes están abiertos, aunque los hoteles se tambalean de noche por la fuerza de las explosiones. Pero ¿hasta cuándo durarán los suministros? También está allí el Rey Juan Carlos, al que deseamos ver pronto regateando en Sanxenxo. Y Tito Vilás, quien con su padre Julián me salvó la vida hace años, y al que mando inmenso abrazo. Que regresen cuanto antes.
Y las preguntas sobrevuelan. ¿Es posible cambiar el régimen de los ayatolás sin que Irán caiga en una guerra civil? ¿Están hoy mejor las poblaciones de Irak, Libia o Siria que antes de la Tormenta del Desierto o la fallida Primavera Arabe, que por cierto comenzó en El Ayoun? Aún así, ¿alguien puede dudar que un pueblo como el antiguo persa no se merece un cambio de régimen cuanto antes? Son miles las víctimas asesinadas por unos fanáticos en el poder en una dictadura atroz, mujeres que no desean esconder su hermoso rostro tras un velo y hombres que desean amar libremente. Eran lo más civilizado de la región hasta que, por esas cosas absurdas de la geopolítica, les cambiaron a un Sha por un iluminado.