Uno de los mejores documentales que he visto nunca es el de Operación Luna, de William Karel. Se trata, en realidad, de un documental ficción que especula con la posibilidad de que la llegada a la Luna en 1969 fuera falsa. Participa, incluso, la viuda de Stanley Kubrick, que a finales de los 60 estaba rodando 2001: Odisea del espacio. Lo mejor para mí fue verlo con mi entonces pareja, fanático de todo lo que tuviera que ver con el espacio. Yo, escéptica por naturaleza y conspiranoica por aburrimiento, disfruté de lo lindo al ver su cara de desconcierto a lo largo de los 52 minutos que dura la emisión.
Para cuando esta columna vea la luz, Artemis II ya habrá despegado del Centro Espacial Kennedy, en Florida. Su objetivo no es aterrizar en la Luna, sino orbitarla. Será Artemis III la que, en teoría, devuelva al ser humano a su superficie. Si es que eso llega a ocurrir. España participa en esta nueva misión espacial, a la que se sumó en 2023. Lo hace a través de la Agencia Espacial Española. La nave Orión, en la que viajarán cuatro astronautas, depende del Módulo de Servicio Europeo, que ha sido fabricado por la European Space Agency. Según el Ministerio de Ciencia, empresas españolas han desarrollado «tecnología crítica» como el control térmico para mantener con vida a los tripulantes o la verificación de componentes esenciales. Además, la Universidad de Alcalá analizará la radiación espacial de los datos del instrumento EPD del Solar Orbiter.
Es emocionante, no lo voy a negar. Vivir esto tiene algo de histórico, de épico. Eso que nos conecta con nuestra parte más curiosa como seres humanos. Pero me pregunto cómo es posible que el mismo Gobierno que nos quiere llevar a la Luna no es capaz de construir los 532 pisos prometidos en Ca n’Escandell, de reparar los acantilados de Dalt Vila e Illa Plana o de instalar el dichoso campo de boyas de Talamanca. Houston, we have a problem…