Una vez paseé por el interior de una vagina colosal. Fue un viaje alucinante provocado por Eliana Perinat, criatura salvaje, encantadora y caprichosa que siempre nos sorprende con su arte. Fui a su inauguración Anima en el Far de Ses Coves Blanques, preciosa sala cultural que ilumina San Antonio, enderezando el rumbo de los náufragos que estamos sedientos de cultura en esta isla bendita asaltada por el aburridísimo rebaño clubber y sus tristes excesos.
Pero los excesos pueden dar una vida más larga cuando están tocados por erôs, radiante energía amorosa cuyas flechas cabalgan en éxtasis. Quien es tocado se enamora de la vida con júbilo alado y alegría apasionada, pues vivimos, panta rei, en eterno milagro y aquí está la vida y aquí hay que danzar; y que aprendan los ateos bolas tristes o existencialistas del aburrimiento.
Alborozado y dando tumbos danzantes marché al faro a admirar a Eliana. Los tumbos podían venir del buen vino que abrevé en el siempre alegre y acogedor Mistral para dar cuenta de un suculento arroz de matanzas, o del coñac tras la consecuente siesta pánica (yoga ibérico) de dos horas oníricas, pues me gusta sumergirme en el arte algo embriagado y encontrar símbolos que me hablan personalmente, solo para mis ojos.
La exposición Anima de Eliana es hermosa, vibrante y salvaje, y allí, entre papiros egipcios pintados con la floresta ibicenca, entre jinetas sorprendidas y ciervos curiosos, entre becadas y linces, cuernos y chumberas, charlé con los también siempre erotizados y erotizantes Antonio Villanueva y Cristina Rubalcava, tierno acero toledano y lindos mariachis, comentando que la obra de arte se explica por sí sola o no llega a explicarse jamás. Y salvaje, como me explicó mi amigo Luis Racionero, es el que se salva.