Ibiza navega en sus propias contradicciones. La propuesta de construir residencias para trabajadores de temporada, respaldada por patronales y sindicatos, nace de una realidad incontestable. La mano de obra que el tejido empresarial necesita para atender las necesidades de la principal industria de la isla, no tiene dónde alojarse dignamente y a un precio razonable. Cada verano nos encontramos con el mismo panorama de alquileres disparatados, a menudo abusivos e indignos, una economía sumergida pero pujante, hacinamiento, infraviviendas y, en el peor de los casos, asentamientos de tiendas de campaña y chabolas para quienes no logran un techo donde descansar, asearse y comer mientras no están en su lugar de trabajo; algo impropio de un destino turístico de primer nivel.
La solución que ahora se plantea —bloques de alojamiento para temporeros— pretende paliar el problema y que esa fuerza laboral imprescindible para la economía insular tenga alternativa habitacional. Pero incluso los propios impulsores de tan extraordinaria medida admiten que se trata de un «parche» que puede aliviar parte del problema, pero no resolverlo. Porque ¿qué proyecto de vida ofrece la isla a quienes vienen a trabajar? Si la respuesta es una habitación compartida con otros colegas de trabajo, durante el tiempo en que tengan contrato laboral en vigor, entonces está claro que Ibiza no quiere ciudadanos, sino mano de obra estacional. Obreros que llegan, producen y se marchan; sin arraigo, sin familia y sin futuro aquí. ¿Cómo podemos ser tan miopes?
La economía de Ibiza depende de trabajadores cualificados, estables, bien remunerados y comprometidos. Pero la brutal escasez de vivienda digna expulsa el talento, impide su fidelización y precariza aún más el mercado laboral. ¿Es este el modelo de sociedad que queremos? Falta vivienda porque no hay oferta accesible para la clase trabajadora, ni siquiera de alquiler. Hasta que no tengamos un parque público de vivienda, no hay nada que hacer.
Una sociedad que no garantiza el acceso a una vivienda digna no puede aspirar a la cohesión social. Y una isla que expulsa a sus jóvenes, incapaces de emanciparse o formar un hogar, está hipotecando su futuro. No es solo un problema económico; es un fracaso colectivo. Pero seamos optimistas. Ibiza tiene recursos, capacidad y atractivo suficientes para avanzar hacia un modelo distinto, que permita a los chavales que ahora estudian en nuestros institutos, creer en la posibilidad de desarrollar su vida en su propia tierra. Pero eso exige voluntad política para liberar suelo, apostar por la construcción de vivienda pública, dinamizar el mercado y entender que la prosperidad no puede construirse sin viviendas para nuestros hijos y nuestros trabajadores. Todo lo demás, es un parche. Bienintencionado, seguramente, pero un parche a fin de cuentas. Y no puedo admitir que seamos tan poco ambiciosos y tan cortos de miras. Me niego.
Me revelo ante otro verano repleto de noticias humillantes e indignantes sobre las condiciones de vida de gente trabajadora. De ofertas de alojamiento que producen escarnio. Porque sé que nadie está feliz viendo a lo que hemos llegado. Y porque estoy convencido de que esta sociedad, si quiere y todos se implican, puede resolver este enorme problema. O lo hacemos o mucho me temo que habrá futuro para nuestros jóvenes.
Y cuando el parque público esta lleno construimos otro parque público ....... y así seguimos hasta que no quede ningún pino el la isla.