Ese sordo genial, tabernario, tierno e iracundo que fue Beethoven creía en el amor inmortal y deseaba vivir mil vidas. Algo natural en alguien que compone semejante música capaz de tañer almas, despertarlas y lanzarlas apetitosas al torbellino vital. Pero ¿cómo se viven mil vidas? La eternidad es la corriente infinita del aquí y ahora y, además de vivir en plenitud, también permite gozarla mejor la literatura. Por algo Ortega y Gasset clamaba: «Yo leo para agrandar mi corazón».
Mañana es San Jorge y me escapo a Venecia a beber negronis, más que dispuesto a caer en los cucuruchos untuosos de sus famosas cortesanas, mentirosas maravillosas que solo asustan a los tristes de espíritu que desconocen que el corazón es el órgano que mejor se regenera. También es el día del libro y sus auroras rosadas demuestran que hay anhelo de leer, de sabiduría más allá de la simple información o el intelectual conocimiento.
A mí la literatura me ha salvado literalmente la vida. Por eso me place que en esta era digital de onanistas cibernéticos todavía se lean libros y alguna vagabunda recite poesía. Fomentan la empatía y permiten pensar en plan clásico que nada de lo humano me es ajeno. Tal es la compasión: acompañar en la pasión vital, pues nada sabemos pero todo podemos intuir.
Cantaba el cubano Nicolás Guillén, mulato y sabrosón: «Te voy a beber de un trago, como a una copa de ron». Cuestión de intensidad, de júbilo, y de saber, como el otro Guillén poeta, Jorge: «Ser nada más y basta. Es la absoluta dicha». Sí, leed para agrandar vuestro corazón y no permitid que los zombis os contagien el tedio vital. Os va mucho en ello, en Ella, y podréis vivir mil vidas.