Durante el nefasto zoteparismo, con toda su carga de falso buenismo, el ministro de defensa José Bono rebuznó que nuestras Fuerzas Armadas preferían morir a matar. Hoy el ministro luce más pelo y vive de lujo en Marruecos, tal vez porque encuentra mayor seguridad en una autocracia que no hace caso alguno de la filosofía woke y cuyas fuerzas no se andan precisamente con chiquitas a la hora de poner orden.
Pero en España la cosa está tremenda: los narcos campan a sus anchas gracias a su superioridad en lanchas y armamento, y asesinan a guardias civiles en lo que desde el sanchismo califican como «accidentes laborales». (También el presi Zoteparo llamó «accidente» al atentado de ETA en Barajas, perversiones del lenguaje de cerdos, cerdas y cerdes.) La Benemérita no está autorizada a abrir fuego siquiera contra motores o gomas de las lanchas que se burlan de su alto y van cargadas de droga. ¿Acaso hay interés político en que descarguen todo su veneno en las costas españolas? ¡Para eso que la legalicen! Pero de esa manera muchos se quedarían sin suculenta mordida... Los millones del narco abren todo tipo de puertas, y las delirantes decisiones de este gobierno invitan a todo género de dudas. Su maltrato a la Guardia Civil es repugnante, y a la Armada, que tanto podría ayudar, la tienen para propagandas del «puto amo» del sanchismo.
Eso de que hay que dejarse matar antes que defenderse también pretenden dictarlo al resto de la sociedad. Si la brava paciente atacada en Can Misses llega a clavar una jeringa a su agresor, igual la meten en la cárcel, como al jubilado que osó disparar al que asaltaba su casa con una motosierra. Al menos pulsar el botón de alarma todavía no está castigado.