En 1994 se estrenaba una de las películas cómicas más icónicas de la historia del séptimo arte a la que le siguió una precuela en 2003 y una secuela en 2014. Dumb and Dumber, traducida en nuestro país como Dos tontos muy tontos, constituye un film de culto dirigido por los hermanos Farrelly, autores de obras tan míticas como Algo pasa con Mary, y protagonizada por los afamados Jim Carrey y Jeff Daniels en los papeles de Lloyd, un ingenuo y enamoradizo conductor de limusinas, y Harry, un transportista de mascotas que conduce una furgoneta tuneada con forma de perro, narrando las desastrosas peripecias sin sentido de estos dos carismáticos personajes un tanto especiales. Su vida cambia cuando el primero se enamora de una adinerada mujer a la que lleva en su limusina y que supuestamente ha dejado olvidado un misterioso maletín Samsonite lleno de billetes en la terminal del aeropuerto, pero que en realidad tiene como finalidad pagar el rescate de su marido a los secuestradores que lo retienen. Tras ser recuperado por esta pareja de peculiares amigos emprenden un disparatado viaje por todo el país hasta Aspen para devolverlo a su propietaria mientras son perseguidos por los peligrosos matones en una sucesión de situaciones absurdas, disparatadas y cómicas repleta de expresiones tan tronchantes como antológicas y de diálogos ingeniosos e hilarantes que toman como partida la estupidez supina de sus dos protagonistas.
Aunque habrá críticos sibaritas a los que tan solo les guste el humor supuestamente inteligente, se trata de un clásico de la comedia de los 90 que perdura en la memoria colectiva más de treinta años después de su estreno. Para el recuerdo quedará la escena en que Harry vende a un niño ciego el periquito de Lloyd decapitado por los matones al que le ha pegado nuevamente la cabeza con celo o aquella en la que rechazan subirse a un autobús repleto de top models para seguir caminando por medio del desierto al no pillar la indirecta que les lanzan. También frases como «ella me dijo un montón de tonterías sobre que yo no la escuchaba o algo así. No sé, la verdad es que no le estaba prestando atención» o «tienes más probabilidades de encontrarte con un asesino en serie que de casarte después de los 40». Pero las desventuras de este par de personajes no son nada comparado con las que nos están haciendo pasar los líderes de las dos superpotencias de la guerra fría poniendo en práctica el conocido efecto mariposa que, vinculado a la teoría del caos, acuñara en su día el matemático y meteorólogo estadounidense Edward Lorenz. Ya saben, aquello del famoso dicho popular chino de que el leve aleteo de las alas de una mariposa puede sentirse al otro lado del planeta, porque ya ven que cualquier alteración de las circunstancias de un territorio, por aparentemente inocua que parezca, puede llegar a generar graves efectos en otros por muy alejados que puedan estar.
Pues bien, todos recordaran que el 22 de febrero de 2022 las tropas rusas de Vladímir Putin invadieron su vecina Ucrania dando lugar a un conflicto con miles de víctimas y refugiados que todavía perdura. Y mientras pensábamos que la cosa no iba con nosotros, que aquello estaba muy lejos, que no iría a mayores y tal y cual, la contienda nos supuso una subida de los precios del combustible, de la luz, de los fertilizantes y de los alimentos, la escasez de productos como el maíz, el trigo o el aceite de girasol y el aumento de la inflación con una notable repercusión en nuestras apacibles y relajadas vidas. Fue la excusa perfecta para, sobre la base de un supuesto incremento de los costes del transporte y de los materiales, y a pesar de que se activaran diversos paquetes de medidas para proteger a la ciudadanía y a los sectores más afectados, pegarle un arreón a los precios de la vivienda de nueva construcción, que se vieron prácticamente duplicados de la noche a la mañana dejando en la cuneta a muchos incrédulos adquirentes.
Pero, como diría Super Ratón, «no se vayan todavía, aún hay más», porque el pasado 28 de febrero los ejércitos norteamericano e israelí decidieron bombardear varias ciudades iranís provocando un conflicto bélico de dimensiones todavía imprevisibles que se ha cobrado ya la vida de miles de personas y que se ha extendido a más de una decena de países cercanos. Recuerden que muchos ibicencos se quedaron atrapados en el extranjero sin posibilidad de retorno mientras veían caer los pepinazos muy cerca de sus hoteles. Las consecuencias, que no se han hecho esperar, se dejan notar en el aumento del precio de los fertilizantes y, por ende, de los alimentos, así como de los carburantes, elevando estos últimos a su vez el precio de los vuelos, algo tan relevante para el sector turístico de nuestras islas en los próximos meses. Hasta el precio de los transportes discrecionales usados para actividades extraescolares se ha triplicado.
Como si no tuviéramos ya bastante con todo lo nuestro como para encima tener que sufrir en nuestros bolsillos las consecuencias de guerras de países y por motivos que ni nos van ni nos vienen. Y ojo, que la cosa todavía puede ir a peor, porque Rusia ha dejado caer, así como el que no quiere la cosa, que los países europeos que tienen fábricas de drones y que están colaborando con Ucrania son objetivos y podrían ser atacados en cualquier momento. ¿Pues no va y resulta que España es uno de ellos? ¡No me jodas Rafa! Éramos pocos y pario la burra. Solo nos faltaba que nos ataquen los rusos para rematar la faena. Al final va a resultar cierto, como le decía Lloyd a Harry en la película, eso de que «la vida es algo frágil. Un minuto estás masticando una hamburguesa y al minuto siguiente eres carne muerta». Disfruten mientras puedan.