Si hay un juego para beber y pasarlo bien con los amigotes ese es sin duda el clásico «Yo nunca». Por si no han sido jóvenes universitarios o ya lo han olvidado, consiste básicamente en un divertimento a base de preguntas y respuestas en el que cada uno de los jugadores enuncia por turnos la fórmula «yo nunca he…» seguido de alguna acción, experiencia o situación que le haya ocurrido, de tal forma que, si alguno de los participantes también lo ha hecho o le ha sucedido algo similar a lo largo de su vida, debe sufrir algún tipo de penalización como beber un sorbo de alcohol o zamparse de trago un chupito de cualquier licor. No piensen mal, porque también se puede pactar un simple marcador o cualquier otro sistema de tanteo para obtener un vencedor final, lo que sin duda será más sano, pero muchísimo más anodino, sin olvidar en todo caso que el objetivo final no es ganar, sino descubrir hazañas o gustos desconocidos de los demás.
El juego, que puede ser tan suave o picante como los integrantes del grupo acuerden, terminará con el aburrimiento generalizado de los participantes o con el coma etílico de alguno de ellos, no hay más. Pero lo que está asegurado es un viaje a lo más profundo o ridículo de nuestras artificiales vidas. En definitiva, una manera sencilla y divertida como cualquier otra de pasar una buena velada y conocer conductas, costumbres, anécdotas, secretos inconfesables o meros detalles embarazosos o sorprendentes de tus entrañables compañeros de viaje para terminar de perfilar una detallada descripción o configuración mental tanto de sus querencias como de sus carencias, así como de sus gustos, hábitos o rarezas. De hecho, es bastante habitual soltar durante el juego aquello de… ¿en serio? Eso sí, lo más importante es responder siempre honestamente, porque su magia reside en la absoluta sinceridad. Solo así se podrá extraer una auténtica vulnerabilidad compartida que desarrollar a través de las historias que sin duda se expondrán tras cada curiosa revelación.
Pues bien, ahora que se han cumplido tres años de las últimas elecciones municipales y autonómicas y enfilamos ya el último año previo a unos nuevos comicios incluso generales, comienzan a observarse determinados movimientos de postureo que realmente responden a planteamientos tácticos de posicionamiento. No se trata de hacer campaña. Tan solo de empezar a sacar la patita y tantear la situación. Fíjense como cualquier proposición es cuestionada inmediata y ferozmente por el adversario, como el proyecto de aparcamiento en Sa Real, que supondría la supresión de la recientemente estrenada área de juegos infantiles, o la faraónica ampliación del aeropuerto de Ibiza, que conllevaría dinamitar la idea de contención del turismo de masas que exprime a marchas forzadas a la gallina payesa de los huevos de oro. También comienzan a aflorar en los distintos plenos y sesiones, donde la tensión es cada vez más palpable, los ataques mal sonantes y soeces que se apartan tanto de lo cortés como de lo valiente para situarse en la pura descalificación. Como no, se suceden las denuncias y acusaciones recíprocas de irregularidades de todo tipo imputables al rival de turno o a su entorno, pero mirando hacia otro lado cuando salen a relucir aquellas en las que incurren los integrantes de su propio equipo. Y a esto súmenle el uso interesado de los medios de comunicación, cada uno del suyo dependiendo del lado que cojeen, para conferirle a todo una mayor difusión y notoriedad. Se nota, se siente, la cosa está caliente.
Más tarde ya llegarán las campañas, los mítines y las promesas electorales. También los carteles con rostros perfectamente estudiados y diseñados e incluso los debates entre candidatos, esos en los que para cada cual habrá sido vencedor el de su cuerda y perdedores todos los demás, sin caer en la cuenta de que tiene mayor ventaja quien mejor se maneje en las artes escénicas de este peculiar teatrillo. Probablemente, en cuanto al contenido, el único recurso utilizado haya sido, como en Torrente presidente, el clásico «y tú más», quedándonos una vez más sin llegar a conocer de forma certera qué tipo de persona es la que designaremos con nuestro voto para representarnos, qué estaría dispuesta a hacer por mantenerse en el cargo o cómo afrontará las eventualidades futuras que se susciten durante su mandato. Y digo yo ¿no sería más divertido y provechoso echar una partidita al «yo nunca» para aclarar todas estas dudas?
Porque podría comenzarse por algo informal y habitual como yo nunca he inflado artificialmente el currículum, yo nunca he dejado de asistir a un master o yo nunca he mentido en una comisión de investigación. Pero una vez inoculado el suero de la verdad a base de tragos la cosa podría ir calentándose con un yo nunca me he subido el sueldo nada más tomar posesión del cargo, yo nunca he incrementado los impuestos a los ciudadanos o con un yo nunca he obtenido beneficios personales con mi puesto. Tras unas primeras tandas de toma de contacto la velada podría animarse con yo nunca he pactado con quien dije que jamás lo haría, yo nunca he dimitido incluso aunque hubiera motivos más que suficientes para ello o con un rotundo yo nunca he incumplido mis promesas electorales. La partida podría ya desmelenarse si nos adentramos en el yo nunca he encargado a dedo algún servicio público, yo nunca he malversado fondos públicos, yo nunca he cobrado comisiones por contrataciones, yo nunca he sabido nada de financiación ilegal de mi partido o yo nunca he comido chistorras. ¡ummm! qué ricas. No olviden que la honestidad es la pieza esencial del juego, porque tiempo después será muy fácil tirar de hemeroteca para rescatar las respuestas y confrontarlas con cuanto vaya aconteciendo. Venga, tomen asiento, preparen la bebida y vayan pensando en suculentas preguntas que hacer a los participantes, porque comienza el juego de yo nunca... ¡otro chupito!