La copa de Ricard se transformó en nube láctea al agregar un chorrito de agua en la amable terraza de Can Thotom. Embriagado por la alquimia amorosa del buen trago, anduve hasta la orilla y encendí un puro esperando al chinchorro. Entonces una voz a mi espalda informó que el tabaco estaba prohibido en tal playa y que la multa no era una broma. ¡Por Baco!, exclamé, ciertamente sorprendido que el port de legendario contrabando tuviera las mismas leyes que el yanqui Central Park. Pero el polifacético Juan Carlos Rodríguez Tur acudió al rescate y nos hicimos a la mar en el gallardo llaud Bucanero, donde naturalmente su tripulación de corsarios ibicencos permitía cantar, fumar y brindar a voluntad.
¡Qué hermosa travesía por el norte hasta llegar a S’ Illot, donde devoramos un generoso arroz negro! No resoplaban las abominables motos acuáticas que te afeitan el cogote si fondeas en la esmeraldina cala Comte, tampoco esas atroces partyboats que enervan la siesta de la hermosa bahía de Portmany con sus insultantes decibelios. Además de proteger las gaviotas y ratas de los islotes (de las coquetas lagartijas ya nadie habla, que los políticos tienen la lengua bífida) también hay que proteger a los seres humanos de tanto gañán motorizado. Dicen que ahora también las hay eléctricas, pero como odian el silencio, van con groseros altavoces. Habiendo sufrido sus desmanes inarmónicos, comprendo perfectamente la oposición a un circuito de motos en tales aguas. Hay que frenar tanta prostitución turística.
Y a la vuelta en la tarde dorada baños en Es Canaret, donde su manantial alimentaba mi whisky, en Cala Aubarca, con sus pinares como lenguas de absenta, en Portixol, donde cantamos a pecho abierto salves, arias, mariachis y resonaba la ninfa Eco, que la magia de Ibiza todavía existe.