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La credibilidad en la política

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Los idearios políticos deberían ser la base en que se sustente la capacidad de «hacer política», pero lo cierto es que quienes deben ser los actores principales en el escenario en el que se viene desarrollando la política en nuestro país, cada día lo ponen más difícil para que el ciudadano siga confiando en su capacidad para desarrollar esa función de «hacer política». Se supone que la política, en general, debería servir para gestionar la vida de un país y para buscar la forma de articular soluciones a los diversos problemas que puedan ir surgiendo en cada momento.

Entendiendo que ello pueda ser así, cabe esperar de la política que demuestre que realmente existe la capacidad de velar por la sociedad que debe administrar y articular soluciones que permitan desencallar los graves problemas que van surgiendo y que, de una forma o de otra, nos afectan a todos. Hacer política debería ser la capacidad real de buscar soluciones que permitan desencallar problemas, que es realmente lo contrario a lo que nos vienen ofreciendo quienes tienen la responsabilidad de desempeñar dicha función en nuestro país.

La función de buscar el mejor camino para obtener un resultado óptimo parece no existir en nuestro escenario político. El interés general ha pasado a un segundo o tercer plano y está muy por detrás de los intereses particulares de cada partido. Y es por ello que no ha de resultar nada extraño que la sensación de descrédito en la política siga aumentando a marchas forzadas. Esa falta de confianza, tanto en quienes nos gobiernan como en quienes tienen la función de control al Gobierno, sigue en auge entre una gran parte de nuestra sociedad.

La política ha dejado de ser ese escenario en el que el debate y el diálogo sean las herramientas que permitan articular soluciones, unas más fáciles y otras más complicadas, para convertirse en un campo de batalla donde lo que manda es el desprecio sistemático, el insulto sin más y el constante cambio de opinión sin que lo dicho anteriormente tenga la menor importancia. Hay algunas frases muy conocidas que resultan perfectamente aplicables al mundo de la política actual y que ponen de relieve la falta de rigor en la forma de hacer política de quienes se supone deberían estar representando nuestros intereses en la vida pública y no velando por los suyos propios.

Una de estas frases es la de «donde dije digo, digo Diego», ya que efectivamente ya viene siendo una constante lo de defender hoy aquello a lo que anteriormente te has opuesto por provenir de tu rival político. Lo mismo podríamos pensar si aplicamos la famosa frase atribuida al cómico Groucho Marx de «estos son mis principios y, si no les gustan, tengo otros». Resulta totalmente desconcertante comprobar cómo lo de resolver nuestros problemas ha dejado de ser una prioridad de nuestros poderes públicos y ha pasado a un segundo plano, para anteponer a ello el interés de cada partido.

Un claro ejemplo de lo que digo lo tenemos en nuestra isla, donde recientemente ha tenido lugar una rueda de prensa de los máximos dirigentes insulares y municipales del PP, partido que está gobernando todas las instituciones de Eivissa, en la que se ha anunciado que se debatirán y, por supuesto, se aprobarán, propuestas para convertir áreas de transición (suelo rústico) en suelo residencial. Se hace este anuncio a bombo y platillo como si fuera una propuesta novedosa y en aplicación de una ley aprobada esta misma legislatura por el PP en el Parlament Balear. Todo ello no hace más que aumentar el descrédito de nuestra sociedad en la política.

Hay que recordar que esta misma propuesta de actuar sobre las conocidas como áreas de transición ya se propuso y tramitó como ley en nuestro Parlament en 2008, con un gobierno progresista en Palma. En aquel tiempo el PP presentó una enmienda a la totalidad de dicha ley, con frases en boca de su portavoz, la Sra. Cabrer, tan llamativas hoy como: «Es una ley que destruye nuestro territorio ya que permite construir en suelo rústico…» o «es una ley que da privilegios a unos pocos promotores y, además, crea un agravio comparativo entre suelos urbanos y suelos rústicos…».

Parece claro que lo que hace 18 años resultaba demencial y casi diabólico, hoy es la panacea para el mismo problema de entonces. Lo que, propuesto por un Govern progresista, resultaba demencial, hoy es la base que ha inspirado la ley aprobada por el PP y que se anuncia por parte de sus dirigentes que se aplicará cuanto antes en nuestra isla.

Para nada ha de extrañar que la credibilidad de nuestra sociedad en quienes nos representan siga en caída libre y que la facilidad que estos tienen para defender hoy blanco y mañana negro sobre la misma cuestión, sea una constante. Las ideologías pueden ser cambiantes y se van utilizando las que se consideran necesarias en cada momento, por muy ridícula y absurda que sea esta forma de actuar. Nuestros propios políticos, que tanto se quejan de los porcentajes de abstención en las elecciones, son quienes más fomentan el abstencionismo. Es desquiciante.

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