En la Puerta del Sol de la efervescente capital madrileña, en aquellos convulsos años 20 bajo la dictadura de Primo de Rivera, Margarita Manso y Maruja Mallo, junto a Federico García Lorca y Salvador Dalí, se quitaron el sombrero en público para liberar metafóricamente sus ideas, pensamientos e inquietudes como actitud transgresora que rompía las líneas invisibles establecidas y mostraba la imparable llegada de un nuevo tiempo. Este desafiante y provocador gesto trivial, que en verdad escondía una evidente declaración de intenciones, fue visto como una excentricidad por una sociedad reticente a cualquier cambio, que permanecía anclada en rancias costumbres y que no podía entender cómo unas mujeres irreverentes no se conformaban con asumir y cumplir el papel social que tenían encomendado. Pero esas rebeldes, junto a otras ilustres integrantes de la Generación del 27, no solo se quitaron el sombrero, sino que desarrollaron una importante y destacada labor en los más diversos campos artísticos que continuaron incluso en el exilio tras el inicio de la Guerra Civil.
Su revolucionaria actividad intelectual fue esencial para el devenir de los acontecimientos, pues al introducir en sus obras un perfil femenino moderno, fuerte e independiente abrieron un camino en el que las mujeres, lejos de quedar relegadas domésticamente a sus designios, tomaban cada vez más protagonismo en un mundo diseñado exclusivamente para hombres. Así es como estas intelectuales poseedoras de una valentía indómita, con cabeza y sin sombrero, lucharon desde la cotidianidad contra una sociedad que las ninguneaba y despreciaba, forjando un férreo legado feminista que perdura hasta nuestros días. Lamentablemente, el escenario bélico en el que se fraguó su producción cultural acabó por silenciar sus voces e invisibilizar su talento hasta ser condenadas al olvido. Pero su espíritu inconformista dejó una huella imborrable en la historia de nuestro país que afortunadamente fue recuperada en 2015 por el documental Las Sinsombrero, obra que dio origen a la denominación con la que desde entonces se etiqueta a estas intrépidas mujeres.
Otras muchas siguieron su ejemplo, como las valencianas Carmen Serrano, Vicenta Peris, Teresa Chardi y Elena Marco, que reclamaron en 1994 a la Comunidad de Pescadores de El Palmar el derecho hereditario de las mujeres a pescar en la Albufera, una tradición de siglos reservada exclusivamente a los descendientes varones de los pescadores. Tras una dura batalla, que contó con un amplio apoyo social, consiguieron acabar con esa exclusión discriminatoria en los albores del nuevo siglo. Una contienda similar se libra en otros sectores, como en las tradicionales cofradías de Semana Santa que abundan en nuestro país, alguna de ellas exclusivas de hombres y excluyentes de mujeres, que se ven privadas de participar en las procesiones como costaleras o quedan relegadas a asumir meros papeles secundarios. Sin ir más lejos, el Ministerio de Igualdad remitió este mismo año varios requerimientos de corrección, bajo amenaza de denuncia a la Fiscalía, tanto a la Cofradía de la Purísima Sangre de la población valenciana de Sagunto como a la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores de Córdoba, ambas por impedir la participación de las mujeres como costaleras. También a la Cofradía del Santo Sepulcro de la localidad cordobesa de Aguilar de la Frontera, en la que se les permite una presencia puramente simbólica, así como a la Cofradía del Silencio de Albacete, que impone limitaciones de altura a las candidatas a participar en sus cuadrillas.
Afirmaba la ministra del gremio en marzo que en estos hechos «hay una discriminación y una vulneración de derechos y libertades esenciales constitucionales y también reconocidos en las leyes y en la jurisprudencia», y no le faltaba razón. Lo curioso es que ninguna actuación similar ha promovido dicho organismo público cuando se representa en un espacio municipal, coincidiendo con los actos del Ibiza Gay Pride, una fiesta que se entiende de tolerancia, respeto, diversidad e inclusión con independencia de la orientación sexual o identidad de género, la obra de teatro titulada Noche de Chicas, interpretada por la cómica Sil de Castro, en la que, como muestra de una lucha sin cuartel contra la desigualdad de sexos, se encuentra absolutamente prohibida la entrada a hombres, aunque puedan sentirse mujeres. De hecho, varios incrédulos se quedaron a las puertas de Can Ventosa entrada en mano. La absurda excusa es que se trata de una obra diseñada exclusivamente para chicas y pretende crearse así un espacio en el que puedan disfrutar del show relajadas, en complicidad y reconociéndose en experiencias que les afectan. Vaya, como si la presencia de hombres, esos seres perversos y malignos, fuera a alterar la paz interior necesaria para el pleno disfrute del espectáculo. Su propio cartel ya indica que «Ellas son lo más. Ellos no pueden entrar», e incluso su página web recoge que al espectáculo tan solo pueden acceder mujeres y que si tienes dudas «o si tu novio insiste en venir» les envíes un mail para poder explicárselo clarito al muy aguafiestas. Lamentable.
Vamos a ver. Que haya actuaciones diseñadas o dirigidas especialmente a determinado público, ya sea masculino, femenino, infantil o de la tercera edad, con cinquillo y pasodobles incluidos, no puede suponer nunca, bajo ningún concepto, vetar la posibilidad de acceso y participación al resto de la humanidad por una simple y llana cuestión de género. Eso es sencillamente discriminatorio. El Bingo para Señoras, protagonizado por la polifacética Lorena Castell y representado en diversas ocasiones en nuestra tolerante isla, también está dirigido al público femenino, lo que no supone ni por asomo prohibir la entrada al masculino. ¿Qué será lo próximo? ¿Un espectáculo al que solo puedan asistir blancos? ¿Católicos? ¿Calvos? ¿Madridistas? Igual entonces el Ministerio de Desigualdad pone el grito en el cielo. Y es que ya decía Chesterton, en su memorable obra El hombre que fue jueves, que hay quienes pretenden reformar el mundo desde el jardín de su casa. Porque recuerden que no basta con quitarse el sombrero de la cabeza, sino que, además, hay que usarla.