En plandemia decían que la compra sanitaria era como un mercado persa, pero a los cuarenta ladrones (y muchos más, que esto es como el elefante en la tela de una araña) los teníamos por el gobierno.
Y la lista del columpio de imputados crece diariamente, envenenando la siesta de España, donde la picaresca es género literario y tenebroso espejo político. Pero eso de lucrarse ofreciendo material defectuoso (mascarillas fake a precio de foulard de Hermes), contratado a dedo por las administraciones –incluida Francina Gintonic—, con muertos incontables y viejos abandonados, mientras dictaban arresto domiciliario ilegal y totalitario, volaban drones sancionadores y prohibían bañarse en la mar, consultaban un comité de sabios inexistente y daban explicaciones de tetrabrik Don Simón para acartonar la salud mental… Tal picaresca da un salto de pura malignidad.
Y qué decir de los rescates económicos a empresas amigas (las que pagan comisión, entiéndase). Tres presidentes de la SEPI, esa discreta ballena pública que mueve miles de millones a modo de casino de pueblo, los tres nombrados oportunamente por la fan sanchista que se autodefinía como la mujer más poderosa de nuestra historia, también han sido imputados. ¡Por allí resopla!
El circo de poderosos diputados imputados haría caer a cualquier gobierno democrático, incluso a más de un régimen dictatorial, pero aquí siguen a la orden de su puto amo, un chulo resiliente que no suda ni en la sauna, cuyo lema podría ser «O César, o nada», aunque sea infinitamente más vulgar que el guerrero Borgia. La Gallina de Paiporta miente sobre todo a todo el mundo, y en Moncloa continúan cacareando, pues la otra opción posible es la nada de la trena.