Benirràs. El sol cae lento y grueso sobre el mar, como si alguien lo hubiese dejado ahí por descuido. El cielo empieza a teñirse de naranja, acompañado, decido alejarnos de los tambores y del gentío.
Caminamos entre piedras, buscando ese punto solitario donde el ruido se queda atrás pero el mar aún se deja mirar. Extendemos las toallas, descorchamos una botella de vino, brindamos. A lo lejos, los tambores laten. La gente baila, celebra, sonríe con la cara hacia el fuego. Parece que todo el mundo está viviendo un momento especial.
Hasta que llegan ellos. Un grupo de cuatro. Jóvenes, ruidosos, demasiado conscientes de sí mismos. Nos miran, evalúan el sitio como quien inspecciona una localización de rodaje. Y bajan. Mochilas, voces altas, altavoz encendido. Se acomodan a pocos metros. No piden permiso. No lo necesitan. Yo pienso: «No voy a decir nada. Total, estarán cinco minutos». Me miento. Me miento como suelo hacer, como cuando digo que esta vez sí me iré pronto. La sesión dura una hora. Una hora en la que no se sientan, no se relajan, no miran. Solo fotos. Encuadres forzados, poses repetidas, miradas perdidas en el objetivo. Todo parece espontáneo, pero nada lo es.
El sol baja. El vino se calienta. La paz se evapora. Pero seguro que la foto quedó preciosa.
Y entonces me pongo las gafas de sol, que sigo sin saber de quién son, por cierto, y cierro los ojos. Lo pienso, lo siento, lo confirmo: tal vez la experiencia de la playa no está en la realidad sino en la evasión. En la foto bien encuadrada. En la historia sin sonido.