Esta semana he podido visionar un grupo digital en el que diferentes personas ofrecen trabajo en lo que creemos que es la Ibiza del lujo. Y digo creemos porque, si ese lujo va asociado a la prostitución o al consumo de todo tipo de sustancias estupefacientes, quizás deberíamos empezar a redefinir el concepto. O aceptar que la isla es un prostíbulo industrial durante los meses de la temporada alta.
Dos anuncios me llamaron especialmente la atención. En el primero, se buscan chicas para acompañar a varios hombres a un viaje que partirá de Ibiza y que tendrá Cannes como destino. Incluye una excursión en helicóptero a Mónaco. No se dan más datos salvo la remuneración: 1.000 euros al día. O sea, en una semana, las trabajadoras se levantarán 7.000 euros cada una y los correspondientes regalitos.
El segundo anuncio es hasta triste. Un caballero busca señorita para pasar tres días en Ibiza. «Vibes de novios», se indica. Y se aclara que el trabajo consistirá en acompañar al interesado al yate, a las cenas, a las discotecas…
En el grupo, sin embargo, la mayoría de los anuncios buscan lo mismo: mujeres jóvenes, con cuerpos de modelos, a poder ser poco operadas y no muy tatuadas, rubias la mayoría, y dispuestas a figurar en fiestones que se celebran en villas. Se ofrecen de media 150 euros por hora. Y en todos los anuncios se añade la variante del «extra», que está por encima de los 500 euros. Es decir, una hora de postureo y otra en la cama le reportan a la joven 650 euros en el peor de los casos.
Lo inquietante no es que esto exista sino la naturalidad con la que se asume que el lujo consiste en alquilar compañía femenina con el mismo espíritu con el que se contratan un DJ o un catering.
No queríamos ser tierra de algarrobas y resulta que nos hemos convertido en un campo de nabos que vendemos como «luxury destination». Qué cosas…