La final hispana del Mundial de fútbol en la capital del mundo protestante anglosajón fue una batalla homérica contra un equipo tan bronco que parecía haberse vuelto amok (ese raro delirio tropical que nubla la razón y exige sangre), contra un árbitro que vaya usted a saber por qué se negaba mucho a ver la cruda realidad y contra la presencia parásita de Pedro Sánchez (lagarto, lagarto), al que ni siquiera el césar Trump hacía caso alguno.
La forma tan deportiva en que España ha vuelto a conquistar América tal vez haga replantearse la propaganda de la leyenda negra a la presidenta mexicana, pues, en no pocas ocasiones, las condiciones del partido recordaron a la película Evasión o victoria…
El partido fue excitante y agotador y, para que el deporte fuera sano, di cuenta de varias botellas (las botellas, como las perdices en una cacería, pueden fabularse pero no se contabilizan). Por supuesto que hubo precalentamiento en varios bares de Sant Antoni, cuyas barras estallaban de color con aficionados ataviados con camisetas españolas y argentinas. Y había buen ambiente, apuestas, humor y armonía deportiva. El vino y la cerveza corrían a raudales, como también el brandy, el anís, las hierbas con hielo y esa exclusiva mezcla porteña que es el fernet con Coca-Cola. Lo que ha unido el alcohol (y tantas veces el amor y el deseo), que no lo separe la guerra del balompié o la paja mental de algún psicoanalista o aprovechado populista que pretenden transformar un deporte en religión. Diferencias entre pasar el tiempo o perderlo, entre un aficionado o un fanático, entre una buena copa a tiempo o el venenoso garrafón.