Confieso que no soy una fanática del fútbol. Sin embargo, me gustan los grandes partidos. Y un mundial lo es de principio a fin. En 2010, vivía en Barcelona y disfruté del Mundial de forma intensa porque, aun siendo madridista, el Barça de aquellos años era mágico y la Selección tenía su columna vertebral formada precisamente por jugadores blaugranas.
La final la viví en un bar de Santa Cristina d’Aro, rodeada de gente a la que no conocía y sin banderas de España. Porque, aunque aún no se hablaba del procés, el odio a lo español ya era un hecho en una Cataluña que estaba a punto de iniciar su particular viaje a la locura colectiva. Estaba con mi hijo, al que nunca le ha gustado el fútbol televisado. Y mi entonces pareja se había ido 10 minutos antes del gol de Iniesta porque no aguantaba la presión. Se fue a abrazar árboles porque, dijo, eso le calmaba. Los separatistas tienen una relación extraña con la naturaleza.
Dos décadas más tarde he visto otra final del Mundial en la que hemos vuelto a vencer. Rodeada de banderas de España en un bar de Ibiza, La Tasca del tío Pepe, donde sin ningún complejo sonaba Manolo Escobar y todos coreábamos el «que viva España» con alegría. Nada que ver con 2010. Y creo que la alegría colectiva que se ha vivido en todo el país tampoco tiene mucho que ver con aquel ya lejano día porque me temo que la victoria de la Selección esta vez sí tiene una lectura política: simboliza a una España que ha sido despreciada durante demasiados años.
Ahí está Ferran Torres paseándose por Madrid con el Make Spain Great Again. Y De la Fuente, Nico Williams o Rodri, y el mismo Ferran, presumiendo de su fe. Y sí, también está Lamine rezando al acabar la final. A su dios, pero rezando. Si yo fuera progre, estaría francamente preocupada después de ver lo que se ha visto y sentido estos días.