En la madrugada de Balàfia una al·lota me habla de una ceremonia en honor del dios Pan. ¡Esto promete!, me dije fortaleciendo avances amorosos. Pero nuestros conceptos pánicos no culminaron en zambullida gozosa en el delta de Venus; fue, digamos, un orgasmo espiritual de lo más platónico. Lo cual es agradable, naturalmente, pero faltaba el picante vital: a batallas de amor, campo de pluma.
Pero me gustó la alusión a Pan, divino colega de nuestro itifálico Bes. Cuentan que una noche en el mar Jónico, hace dos mil años, un pescador escuchó una voz misteriosa que decía que el gran dios Pan había muerto. Nunca lo creí y pienso que Pan se quedó en Ibiza, sesteando bajo los pinos, alentando, como Bes, a la risa, la danza y el sexo, a estar erotizado por la vida.
El pino es árbol consagrado a Pan. Su nombre viene de la ninfa Pitis, belleza por la que suspiraba el dios mitad hombre, mitad macho cabrío, que fue despeñada por un soplido del celoso Bóreas. La transformación de Pitis debió tener lugar en los acantilados de Aubarca, y los pinos se extendieron como lenguas de absenta por Ibiza y Formentera, llamadas Pitiusas (islas de los pinos) por los navegantes griegos.
Pan nace en Arcadia como dios de campos y pastores. También se le escapó la ninfa Eco, que al ahogarse en la corriente de un río se metamorfoseó en caña, y con ella hizo Pan una flauta o xirimía que tocaba maravillosamente.
La música ahuyenta las penas, y por eso los pastores entonan canciones a sus ovejas favoritas en las noches solitarias. Incluso había un pastor en Corfú que confesó a Lawrence Durrell: «Desde todos los puntos de vista son superiores a nuestras esposas. Pero lo más importante es que no hablan».