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Opinión

¡Me queeeemaaaaaaa!

| Ibiza |

Entre tantas advertencias de las instituciones y recomendaciones sanitarias, lo que verdaderamente necesitábamos para sobrevivir al eclipse era que Miguel Bosé nos explicara que mirar directamente al Sol puede ser perjudicial. Menos mal. Hubo un momento en que pensé que íbamos a tener que enfrentarnos solos a semejante desafío. El cuerpo humano dispone de un rudimentario pero eficaz mecanismo de autoprotección: cuando algo quema, duele o deslumbra, uno tiende a apartarse. Si mira directamente al Sol, instintivamente cierra los ojos. Es una reacción bastante extendida entre nuestra especie desde mucho antes de que existieran TikTok y los influencers. Otra cosa es empeñarse en mirar fijamente al astro rey mientras la retina protesta, del mismo modo que puede apoyar la mano sobre una vitrocerámica encendida y esperar a ver qué pasa. Allá cada cual. Sería algo parecido a la niña de El exorcista cuando el padre Karras le arroja agua bendita y ella, entre contorsiones y alaridos, grita: «¡Me queeeemaaaaaaa!». Si quema, alguna pista tenemos.

Naturalmente, las recomendaciones médicas eran necesarias. Mirar fijamente al Sol puede provocar lesiones oculares graves y el eclipse añadía una circunstancia excepcional: la tentación de prolongar la observación. Pero de ahí a convertir durante días el acontecimiento astronómico en una especie de prueba colectiva de supervivencia, hay un trecho.

Al final pasó el eclipse. Y fue precioso. Debo reconocer que hasta emocionante. Durante unos minutos, miles de personas levantamos la mirada —con las debidas precauciones, como unas gafas homologadas que no sirven para nada más que para ver un eclipse solar— y contemplamos algo extraordinario. La mayoría estamos sanos y salvos. Ilesos, sobrevivimos sin necesidad de quedarnos ciegos. Aunque, por supuesto, nunca está de más que Miguel Bosé nos recuerde que el Sol quema.

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