La higuera es árbol sagrado y sus hojas fueron el primer taparrabos de la Historia, cuando Adán y Eva tomaron consciencia de su desnudez. Según el cachondo Mark Twain, su expulsión del paraíso fue relativa: «Para Adán el paraíso siempre estará donde se encuentre Eva».
¿Sigue siendo Formentera un paraíso? Ayer me di un baño de multitudes en el Pas de Trucadors, y el único derviche giróvago que bailaba en pelotas era este nada humilde cronista. El nudismo está en desuso y los turistas son cada vez más aburridos, pero Ella siempre está presente.
A la vuelta furtiva cogí los primeros higos del verano. La ley payesa reza que puedes coger los frutos que te quepan en las manos, pero si llevas un canasto te arriesgas a una perdigonada. Antiguo sentido común.
Me gusta desayunarlos con un palo con ginebra. Son un antídoto infalible contra resacas y bolas tristes. A Josep Pla también le horrorizaban los fanáticos y amaba los higos. Los acompañaba con whisky y escribió que tienen robado el corazón de los ibicencos.
Unos milenios antes, Plinio ya dictaminó que los mejores y más dulces higos del mundo crecían en Pitiusas, donde siempre ha habido gigantescas higueras extendidas sobre estelons, a cuya sombra es agradable dormir la siesta y soñar con apetitosas payesas. Junto al olivo y la viña son tótem de civilización. Para los Vedas su fruto es femenino y afrodisiaco. Los hindús del Sendero de la Mano Izquierda sabían que conocimiento y sexo van juntos, y así nació el tantrismo, estupenda manera de alcanzar la iluminación a través del placer carnal. Por la misma época en Europa los trovadores descubrían el amor cortés y cantaban para derribar las murallas femeninas. Regresó el culto a la Dama mientras se eliminaba el abominable cinturón de castidad.