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El Rey

| Ibiza |

EJosé Alfredo Jiménez Sandoval, conocido popularmente como el Rey, fue un cantante y compositor convertido en icono de la música mexicana por ser el máximo exponente de las rancheras. Se le atribuye la autoría de casi 300 canciones, representaciones melódicas de sentimientos populares fruto de sus distintas experiencias vitales adversas con las que consiguió un total de 16 discos de oro. De entre ellas destacan Si nos dejan, La media vuelta o El jinete, temas que fueron interpretados por artistas de la talla de Jorge Negrete, Luis Miguel, Joaquín Sabina, Armando Manzanero, Plácido Domingo, Joan Manuel Serrat, Rocío Dúrcal o Julio Iglesias. Pero si alguna de sus creaciones es especialmente reconocida, habiendo sido transmitida de generación en generación, esa es sin duda El Rey, con su archi conocido «con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley», canción que inspiró en 1988 la película biográfica Pero sigo siendo el Rey, dirigida por René Cardona e interpretada por Leonardo Daniel contando con la banda sonora del propio José Alfredo.
Su peculiar apodo ha sido frecuentemente utilizado para denominar al mejor de la historia en las más variadas disciplinas, como a Edson Arantes do Nascimento, reconocido mundialmente como O Rei Pelé, o a Elvis Presley, el Rey del Rock and Roll. Hay un Rey Arturo, con sus caballeros de la mesa redonda, un Rey Midas, que convierte en oro lo que toca, y hasta unos magos de oriente que fueron a adorar al Rey de Reyes. Lo encontramos en cada palo de la baraja española, como el Evaristo de Extromoduro, en el ajedrez y en el apellido de una Barbara que aún da que hablar. Hay un Rey de la selva, del descanso, de la comedia, del cachopo, del ladrillo, de Zamunda, del pollo frito y hasta un deporte rey. También un King África y unos Sacramento, latin y gypsi Kings. Pero, en sentido estricto, la denominación hace referencia al título que se confiere al monarca masculino que ostenta la condición de jefe del Estado. Hay Reyes desde Bután hasta Suazilandia pasando por Tonga y Lesoto. Pero también en nuestro país, conformado políticamente como una monarquía parlamentaria, existe esta típica figura de cuento de hadas regulada por los artículos 56 a 65 de nuestra Carta Magna, preceptos que le otorgan la condición de Jefe del Estado, símbolo de su unidad y su permanencia, que arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones asumiendo la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales ejerciendo las funciones formales que expresamente le atribuye la Constitución y las leyes.

Nuestro Rey puede informarse, mantener contactos, transmitir mensajes, promover las instituciones y ejercer todas aquellas competencias formales que le corresponden, pero no puede sustituir al Gobierno, al Congreso o a los Tribunales adoptando decisiones ejecutivas por iniciativa propia. En su condición ha estado presente en los mayores éxitos deportivos de nuestro país, como en la consecución del último mundial de fútbol, habiendo sido abanderado olímpico en Barcelona 92. Pero también en las graves tragedias que nos han asolado, como la del Prestige de Galicia, el terremoto de Lorca, el volcán de La Palma, la riada de Valencia o el tren de Adamuz. Sin embargo, todavía no ha acudido a Ceuta, territorio soberano del Reino de España que constituye frontera natural de la Unión Europea en el que se ha producido la entrada ilegal de más de 70.000 personas con un balance de muertos que supera el centenar. Y es que ya reza el epitafio del afamado cantante mexicano que «la vida no vale nada».

La última vez que un monarca español visitó Ceuta fue allá por noviembre de 2007. Antes lo había hecho Alfonso XIII en 1927 tras la consolidación del protectorado español de Marruecos. En aquella ocasión Juan Carlos I visitó la ciudad autónoma provocando tensiones diplomáticas con un país que reclama dicho territorio como propio desde su constitución como Reino en 1956, cuando es española nada menos que desde 1668. Ya entonces el Rey marroquí Mohamed VI calificó como lamentable la visita real apuntando que atacaba «los sentimientos patrióticos sólidamente arraigados entre los componentes y sensibilidades del pueblo marroquí». Volvieron a la carga en 2021, después del esperpéntico intento de toma de posesión de la isla de Perejil en 2002 que les salió rana, esta vez aprovechando la banal excusa del traslado del representante del Frente Polisario a un hospital de la Rioja. En aquella ocasión, relajando los mecanismos de control fronterizo, se permitió el paso a más de 8.000 inmigrantes irregulares.

Una vez superado el origen divino de su designio tras la revolución francesa, no admite ninguna duda que un Rey debe permanecer en todo momento al lado de su pueblo. Quedó claro el 3 de noviembre de 2024 en Paiporta. «Si el Rey se va, el Estado se hunde», se llegó a afirmar aquel aciago día en que otros prefirieron huir con el rabo entre las piernas. El Rey debe visitar Ceuta inmediatamente, pero al parecer resulta necesario esperar a que «sea oportuno» y «en coordinación con el gobierno». Vamos, que necesita permiso para bajar a jugar a la calle debiendo permanecer en Marivent de picnic con la high society balear mientras miles de ciudadanos españoles sufren en soledad las consecuencias de una invasión sin precedentes. ¿Qué es lo que puede pasar? ¿Qué envíen a más? ¿Qué retiren a su embajador? Prefiero mil veces mantener las relaciones diplomáticas con Italia, país europeo, comunitario y vecino con el que nos unen multitud de lazos históricos, políticos, religiosos y culturales, que tener que tragar con el chantaje de una oportunista nación de reciente creación que solo sabe amenazar con el uso de su población a modo de mera munición aprovechándose de su pobreza y desesperación. Por eso, Majestad, debe echarle arrojo, ponerse el traje de mariachi y, como José Alfredo, gritar a viva voz aquello de… «pero sigo siendo el Rey».

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