En la desembocadura del río Sado, en Portugal, asisto a la procesión de la Virgen de los Pescadores. Somos cientos de embarcaciones variopintas orando a María y al Carmen, que viene del latino encanto, Estrella de los Mares amada por todos los marinos que desean, como Cervantes, mar sesgo, viento largo, estrella clara.
La costa por La Rábida es hermosísima y en la antigua gabarra que portaba sal hace cien años bailamos la Salve Rociera. La mar es fría y estimulante y, gracias al alcohol que corre jubilosamente por mis venas, nado entre fuertes corrientes que pueden llevarme adonde quieran, aunque siempre hay un amable luso que me lanza un salvavidas para que logre regresar y brindar a bordo con una copa de vino Donna María. Están siendo unos días gozosos por la amable y cosmopolita Comporta, cuya temporada turística es, de momento, mucho más corta que la pitiusa. En mi adorada Ibiza estaba achicharrándome con un clima más propio de Singapur que del Mare Nostrum. Dicen que es climáticamente un Super-Niño, y que mientras la mar homérica arde con color de vino, en Los Andes las nevadas son fabulosas. Históricamente tales cambios climáticos han sido la razón de invasiones y juego de tronos. Pues nada, a aclimatarse toca, aunque este cambio de aires es un lujazo. ¿No es eso lo que desean los marinos que se embarcan al rumbo de su capricho o a las órdenes del capitán Bligh de turno? Ya Cristóbal Colón decía que el mar dará cada hombre una esperanza igual que el cerrar los ojos le da sueños; y en la travesía o en el puerto que recalas puedes encontrar tanto a Moby Dick como a Mai Miti, que también es agradable soñar con los ojos abiertos. Así las copas saben mejor.