Creo que alguna vez he recordado cómo allá por los años 2005, 2006, a todo el who’s who de Ibiza le resultaba insultante comparar la isla con Marbella. La ciudad andaluza se presentaba como el colmo de la horterada y la falsedad. Aquí se nos llenaba la boca de esencia, de señas de identidad, de autenticidad y de otras palabras huecas por el estilo.
En aquellos años también había proyectos interesantes que hubieran podido modificar en algo la Ibiza de hoy. Proyectos que tenían como objetivo atraer un tipo de turismo que nos alejaba de la estridencia y nos colocaba en algo parecido a la elegancia. Pero, no lo olvidemos, la izquierda y sus satélites mediáticos hacían campaña en contra justo de aquello que podía salvarnos de lo que hoy somos. Así que no hace falta hilar muy fino para entender que, si aquello no les gustaba, tal vez era porque lo contrario les encantaba. De hecho, lo propiciaron. Al otro lado tampoco es que las cosas se hayan hecho precisamente bien. Indudablemente, el PP también ha gobernado y tiene una importante cuota de responsabilidad en lo que está sucediendo.
Hoy somos un destino en el que se combinan el turismo de chancleta que vuelve a dormir en la playa porque viene para 48 horas de fiesta non stop y el que, bajo la denominación de Luxury Destination, muestra su amor por la horterada pagando a precio de oro macarrones en los que alguien tira con desprecio cucharadas de caviar destinados a ser engullidos por futbolistas tatuados e influencers con morritos.
¿Nos hundimos? No creo que estemos aún ahí pero ver playas como ses Figueretes prácticamente vacías en agosto tampoco parece una cosa especialmente tranquilizadora. La clase media ha huido en desbandada. Y me temo que no hay un plan B. Por ineptitud o porque, en el fondo, puede que ese sea el objetivo. A ver cómo se lo venden a los negocios que este año se hundan. Cracks…