Las Pitiusas se libraron del apagón general ibérico del cual todavía nadie es responsable (el nivel de irresponsabilidad es tan colosal como las tragaderas sanchistas), pero llevan sufriendo apagones isleños todo el verano. Van rotando por municipios, afectan a negocios y particulares, y ya son legión los que cuelgan la hamaca en la terraza para lograr dormir en las noches tropicales ibicencas.
¿Qué mas da que el precio de la luz esté por las nubes y que las casas modernas no tengan en cuenta la ventilación natural? Primero había que hacernos esclavos del aire acondicionado, ya luego la cosa enlatada empezaría a fallar y dispararse. En invierno es viceversa y si no tienes chimenea, coñac, amante y piel de oso, te congelas.
Hay una carencia en infraestructuras tan impresionante como el aumento de visitantes o población residente. Tanta cháchara con la bendita posidonia y los emisarios siguen sin arreglarse, con vertidos fecales que afectan vida marina y cetáceos humanos. Hay una falta clamorosa de planificación en lo que se refiere a construir bien lo fundamental para la convivencia con ese dinero público que, una memaninistra, sentenció que no era de nadie. Debería escucharse más a los técnicos y profesionales que trabajan en su interior. Y, si algo no funciona, deben exigirse responsabilidades. Como pasa en la esfera privada.
Pero todo sigue igual, solo que más masificado, y cada verano las infraestructuras ibicencas semejan más africanas. Da igual que los impuestos suban, las multas se disparen y los burrócratas ejerzan la diarrea verbal con palabras como solidaridad, sostenibilidad y eficiencia. Pese a todos estos indicios de región desarrollada y meca del turismo, las infraestructuras pitiusas dejan mucho que desear.