Mientras me daba un baño de multitudes en Cala Bassa pensé que ya solo faltaba una patera llena de inmigrantes desesperados, pues, según Repelús Sánchez, después de desoír lustros de llamada a la emergencia desde el Consell, el archipiélago balear estaba en máxima alerta cuando le burlaron a él, a la pájara de Defensa y al pajarraco de Interior, a los servicios secretos, a la Policía y Guardia Civil, por no hablar del tan colaborador rey moro que no enteró de nada, entrando inadvertidamente cien mil personas en Ceuta. Así que pedí una vodka con hielo y fantaseé con cómo sería la invasión en la preciosa y atestada playa pitiusa.
1º: Los invasores tendrían menos tatuajes, eso seguro, pues la moda de esto que llaman primer mundo es pintarrajearse la piel como si fuera un matrimonio para toda la vida. 2º: Los invasores sabrían nadar. Lo digo porque la mayoría de miles de bañistas que tuve que esquivar, rozando con gusto diverso todo tipo de protuberancias, solo se metían hasta donde cubre la cintura, supongo que buscando cierto alivio fisiológico antes de regresar a las arenas calientes; y eran contados con los dedos de una mano los que nadábamos a lo Tarzán o Esther Williams rumbo a la libertad libre de aceites pringosos, cuando parecía que las aguas profundas de la playa coqueta eran fuente de juventud. 3º: Cala Bassa estaba rezumante de bellezas cuyos cánones estéticos iban desde la Venus de Willendorf a la de Praxíteles, pero los invasores parecerían un club británico con alergia a las mujeres, pues es pauta reconocida, salvo honrosas excepciones y valientes o forzadas inmigrantes encinta, que la mayoría sean machos musculosos.
Pero en algo se parecerían las invasiones de turistas e inmigrantes: ¡el uso compulsivo del móvil!