En 2008 un típico padre de familia americano de las películas de Hollywood, acomodado en una de esas casas bajas con jardín delantero y césped perfectamente cortado donde el chico que reparte la prensa en bicicleta tira el periódico junto a la puerta, decidió publicar el El reto de las 100 cosas, un libro en el que contaba su experiencia vital desenganchándose del consumismo capitalista que inundaba su materialista vida hasta el punto de reducir todas sus pertenencias a tan solo 100 objetos.
Se iniciaba con esta publicación un movimiento popular minimalista del que se hizo eco la prensa de todo el mundo y hasta se recogió en películas como La última mirada, sirviendo de motivación e inspiración a un ejército de desencantados fanáticos que decidieron seguir la propuesta. En él se cuenta como Dave Michael Bruno, que así se llamaba el hastiado señor extremista, rehízo su vida al limpiarla de objetos inservibles acumulados a lo largo de los años centrando su existencia exclusivamente en aquellos necesarios para sobrevivir a diario, lo que le reportaba una vida más simple y satisfactoria, llegando a ofrecer en él consejos prácticos y anécdotas para conseguirlo.
Aseguraba que su aplicación práctica conlleva más claridad mental, mayor ahorro financiero, mejor movilidad y una evidente sostenibilidad. Pero lo que al principio pretendió ser un cambio radical acabó necesitando de una flexibilización de las normas. Por ejemplo, el calzado, los calcetines o los guantes solo cuentan como uno. También los objetos compuestos por varios elementos, como el ordenador, el monitor, el teclado y el ratón. No computan los objetos de uso doméstico y compartido por varios integrantes de la familia. Tampoco los libros de su biblioteca, los recuerdos, la comida, las suscripciones o las herramientas. Así, y aplicando su teoría, que de paso sirve para vaciar armarios y trasteros, conserva unos 40 objetos de ropa, 3 de higiene personal y 22 para ir de camping, uno de sus hobbies. A ello añade 6 objetos de fotografía digital y 7 de informática como un ordenador, un portátil, una impresora, un teléfono móvil, un reloj, altavoces y un disco duro. El resto son objetos varios como una biblia, una agenda, unas gafas de sol, un coche y algo de mobiliario. Alcanzado el número mágico lo que hace es el típico «las gallinas que entran por las que salen», porque si decide comprar algo nuevo debe deshacerse de algo viejo para mantener su equilibrio emocional.
Lo curioso es que, a pesar del gran esfuerzo que sin duda ha realizado para reducir sus pertenencias, no se ha parado a pensar que gran parte de la población mundial dispone de menor cantidad durante toda su vida sin necesidad de realizar esfuerzo alguno. Pero, con independencia de este pequeño gran detalle, lo cierto es que nuestra vida está llena de cosas que no usamos en años, que conservamos por triplicado o que guardamos por si acaso y que en pocas ocasiones redundan en nuestra felicidad diaria.
Ahora imagínense si la teoría la transportamos al ámbito parental donde la descendencia actual cuenta con una ingente cantidad de ropa, juguetes y objetos varios de todo tipo. Y no quisiera ser yo quien les tuviera que dar esta mala noticia, pero les recuerdo que está a punto de comenzar un nuevo y apasionante curso escolar en el que, para empezar, habrán de adquirir los uniformes del cole. Pantalón, polo, jersey, chaqueta y chándal deportivo. Evidentemente, por dos o por tres, según las necesidades. Pero si creen que con esto habrán terminado la llevan clara, porque aún queda lo más divertido, la compra de los libros de inglés, matemáticas, lengua y demás materias.
Tampoco olviden que tendrán que elegir una buena mochila, ligera y cómoda, que se amolde ergonómicamente a la espalda del menor dependiendo de su estatura, con tirantes acolchados y materiales resistentes capaces de soportar el enorme peso del saber. Añadan la botella del agua, térmica a poder ser, y la fiambrera para el almuerzo decorada con los superhéroes o princesas de turno. En ella no solo habrá que portar los libros, sino todo el material requerido por los centros escolares como, y cito textualmente como requisito para un niño de 6 años, 3 barras de pegamento grandes, 4 lápices Staedtler del número 2, 1 tijera de punta redondeada, que si es para zurdos deberá ser especial, 2 sacapuntas, 5 gomas de borrar, 1 caja de lápices de 12 colores Alpino, 1 una caja de 24 rotuladores de punta gruesa, 1 caja de plastidecores, que son ceras duras, pero que tienen que ser de las finas para ser más manejables, 3 carpetas tamaño folio y otra de tamaño medio folio para proteger la agenda, 1 bolígrafo azul borrable y 1 estuche completo con lápices de colores y rotuladores de punta fina. Ah, y recuerden que todo debe ir bien marcadito con el nombre del churumbel. A los de edades superiores súmenle bolígrafos de otros colores, marcadores permanentes, cuadernos, libretas, carpetas clasificadoras, archivadores, cinta adhesiva, cartulinas de colores, pinceles, acuarelas y témperas, regla, escuadra y cartabón, compás, transportador de ángulos, agenda escolar, calculadora básica o científica y hasta ordenador o tablet.
Y todo esto solo para el colegio, porque… agárrense que vienen curvas. Aún les falta todo lo necesario para ¡las actividades extraescolares! Que si tutú y zapatillas para el ballet, que si gorro, gafas, bañador y chancletas para la natación, que si el equipaje, las medias y las botas para el fútbol o que si la matrícula y los manuales para el inglés. Eso sí, no olviden que, aunque dispongan de todo ello de otros años, los niños crecen día a día y deben reponer necesariamente todos estos objetos por otros de tallas superiores. Y es que ya decía Dave Ramsey, el famoso gurú de las finanzas en Estados Unidos, que «compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a personas que no les importan» ¡Ánimo!