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Fucking island

| Ibiza |

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Desde 2002 a 2005 la 1 de RTVE emitió la popular serie de televisión Ana y los 7 para mayor gloria de su creadora y protagonista, la polifacética Ana Obregón, que interpretaba el papel de una bailarina exótica y huérfana que, sin comerlo ni beberlo, terminaba compaginando esta actividad en un club de alterne con el trabajo de niñera en la lujosa mansión de los Hidalgo, donde vivía, junto al abuelo, al mayordomo y la cocinera, un acaudalado banquero viudo y sus siete hijos del que terminará enamorándose tras múltiples avatares.


La idea, pese a las críticas recibidas en su día por su cuestionable guion y forzadas actuaciones, parece que ha sido recuperada ahora por los productores de Million Dollar Nannies, un reality de lo más esperado en Estados Unidos que se estrenó 17 de junio mostrando villas de ensueño, familias adineradas y lujo a cascoporro junto a los constantes conflictos, competiciones y dramas en los que se ven envueltos varios influencers metidos a cuidadores de élite de niños VIP. Lo sorprendente es que el programa fue rodado íntegramente en Ibiza, concretamente sirviéndose de localizaciones como El Silencio, Nassau Beach Club, Shu Talamanca o el puerto de Vila, donde contó con la participación de la embarcación Foners, denominación actual del antiguo y real yate Fortuna, ahora venida a menos.


Y es que las Pitiusas han sido siempre un lugar recurrente para el arte con mejor o peor resultado. Aquí se han rodado icónicas películas como Lucía y el sexo, afamadas series o programas de televisión como Machos Alfa o MasterChef y videoclips molones como el de la canción titulada Ibiza de Ozuna y Romeo Santos que utiliza el baluarte de Santa Lucía y el Portal de Ses Taules, o el de la mítica Lambada, interpretada por Kaoma, que fue grabado en la isla de Tagomago. ¿Quién podría resistirse a rodar en un entorno tan exótico y privilegiado? Su historia, sus calas o su puesta de sol las convierten en un set natural de lo más apetecible, pero que no siempre atrae imágenes agradables.


Porque no debe olvidarse que también ha servido de escenario a otras producciones de peor pelaje, como Amor con fianza, un reality al estilo de La isla de las tentaciones presentado por Mónica Naranjo y emitido en Netflix en el que las seis parejas participantes vivieron durante tres semanas en una espectacular villa situada en Es Cubells. Ibiza Weekender fue otro de los programas de la misma calaña, grabado en los apartamentos Ryan de Vila, en el que un grupo de jóvenes salían de juerga y borrachera sin que pudiera faltar el famoso edredoning. Otra producción del mismo palo fue Blue go mad in Ibiza, en el que se mostraba nuestra isla como un lugar de excesos a través de un grupo de jóvenes que se hacían cargo de un chiringuito de playa mientras echaban excrementos dentro de la piscina, se tiraban eructos o bailaban bajándose los pantalones, algo parecido a lo que se mostraba en Made in Chelsea, una serie rodada en Ibiza en la que se ilustraban las peripecias de un grupo de jóvenes influyentes de West London rodeados de champán para mostrar como son las vacaciones de los ricos ingleses en la isla.


Por si les parece poco también se rodó en la mayor de las Pitiusas el programa Model House Ibiza, en el que se mostraba a 15 modelos e influencers recorriendo algunas de las famosas discotecas nocturnas de la isla dándolo todo a base de postureo y pijerío. Y ya la enésima muestra de este despropósito fue Sun, sex and suspicious parents, en el que un grupo de adolescentes se emborrachan, van a espectáculos eróticos, mantienen relaciones sexuales y orinan en la calle mientras son observados por sus progenitores sin que los jóvenes lo sepan. Pero si alguna producción en nuestras tierras ha explotado de forma deplorable los clásicos clichés de sexo, fiesta y alcohol sin medida esa fue la serie White lines, una creación de Netflix repleta de drogas, discotecas, balconing y scorts. Vaya, que lo tenía todo menos argumento, claro. Y encima grabada en Mallorca para más inri.


Afortunadamente peor suerte corrieron otros trabajos que pretendían rodarse por estas latitudes, como Ibiza Shore, un programa picante de esos de ninis buenorros al más puro estilo Gandia Shore, que contó con la oposición y rechazo frontal del Consell de Ibiza y de los cinco ayuntamientos de la isla, junto a otras asociaciones y colectivos, por tratarse de un producto que no ofrecía una imagen ajustada de la realidad de la isla ni era coherente con la política de promoción turística desarrollada por las instituciones y que pagamos todos. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con Geordie Shore, programa que fue grabado por las calles de San Antonio a pesar de que el Ayuntamiento mostrara su malestar por la ausencia de autorización municipal para rodar unas secuencias que proyectaban una imagen que no es ni mucho menos la que se desea transmitir como destino turístico.


Pero que se puede esperar de un lugar donde un muchacho de Newcastle, llamado Jack Kay para más señas, pero al que todos conocerán como Ibiza Final Boss, se transforma de la noche en la mañana en un icono viral que firma contratos millonarios gracias a su careto, sus gafas de sol, su cadena dorada, su vaso rosa, su corte de pelo y su peculiar forma de bailar. Lo preocupante es que mientras el problema habitacional se ha convertido en la isla en un auténtico drama social que amenaza la prestación de servicios básicos para la ciudadanía como reflejan multitud de reportajes en todos los medios de comunicación, se quiera mostrar al mundo una cara de Ibiza llena de lujo, villas, drogas, sexo y diversión a raudales que ni nos va ni nos viene. Y es que al final va a ser verdad eso que decía aquel promotor de fiestas ilegales… ¡fucking island!

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