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Tribuna

El plebiscito de la amnesia

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El único motivo por el cual Pedro Sánchez ha convocado elecciones anticipadas responde a una táctica de supervivencia de manual: ve en la caída de los dos decretos de vivienda su única bombona de oxígeno antes de la asfixia electoral que, ineludiblemente, le aguardaba el próximo año. Una vez más, el presidente del Gobierno menosprecia la inteligencia de la sociedad española diagnosticándola de amnesia crónica. Confía, con ese estoicismo tan suyo, en que los ciudadanos obviarán el carrusel de escándalos que cerca a su entorno más íntimo para convertir estos comicios en un plebiscito prefabricado sobre un tema concreto: la vivienda. Un problema estructural sobre el que su Ejecutivo ha guardado un silencio sepulcral durante años, pero que, en un alarde de ilusionismo político, pretendía solventar, literalmente, en una semana.

Pero Sánchez yerra el cálculo: la sociedad española sí tiene memoria. Y la hemeroteca, esa magistrada implacable, sigue ahí para recordarnos las constantes piruetas de un presidente que ha elevado el utilitarismo personalista a la categoría de doctrina de Estado. Aquel candidato que nos aseguraba que con la extrema izquierda en el gobierno no podría dormir tranquilo, luce hoy un cutis envidiable, libre de cualquier asomo de ojeras. Aquel líder que juró traer a los artífices del conato de golpe de Estado en Cataluña para que rindieran cuentas ante la justicia, y que jamás los amnistiaría, tardó en mutar de principios exactamente lo que tardó en necesitar sus votos para mantenerse en la Moncloa.

Como era de esperar, este despropósito ha traspasado nuestras fronteras. Ha entregado el Sáhara Occidental —territorio que, no lo olvidemos, fue hasta hace escasas décadas la provincia 53 del Estado español— liquidando de un plumazo y de forma unilateral una política de Estado histórica. Su sumisión constante ante Marruecos y los intereses de la monarquía alauí ha rozado la genuflexión, maltratando a Ceuta y gestionando con una negligencia pasmosa lo que de facto supuso una invasión fronteriza. El resultado: España languidece hoy como un Estado paria dentro de la UE y la OTAN. Y, a nivel interno, el panorama resulta aún más dantesco, orquestando ataques sistemáticos contra el Poder Judicial mientras su entorno colapsa. Con un hermano condenado, una esposa a las puertas del banquillo, ex manos derechas como Ábalos y Cerdán abonados a un largo periplo en los tribunales, y su gran «referente moral», José Luis Rodríguez Zapatero, asomándose a un abismo judicial de pronóstico extremadamente grave.

La deriva institucional ha alcanzado tintes tan alarmantes que ya ni siquiera se ruborizan al elaborar listas de periodistas buenos y malos. Ver a políticos con responsabilidades públicas pretender repartir carnés de buen o mal periodista denota unas ideas extremadamente peligrosas y una pulsión autoritaria que atenta directamente contra derechos básicos como el de la libertad de expresión y el de informar y ser informados. Al más puro estilo de la antigua Roma, donde la retórica se retorcía hasta el extremo para justificar lo injustificable y enmascarar la traición a sus propios aliados, el PSOE actual ha perfeccionado estas dudosas prácticas a la perfección.

Y es una verdadera lástima, porque el sanchismo ha asestado una estocada mortal a las siglas. Qué lejos queda aquel PSOE moderno, reformista, vertebrador de una izquierda moderada capaz de fraguar pactos de Estado con el PP, de honrar sus compromisos europeos y, sencillamente, de gobernar España. Hoy, sumidos en un ejercicio de amnesia selectiva digno de estudio sociológico, han subastado su ideología en la lonja del oportunismo, defendiendo una cosa por la mañana y la contraria por la tarde si las matemáticas parlamentarias así lo exigen.

Frente a este lodazal, el Partido Popular asume un reto de proporciones monumentales. Su primera tarea será reconstruir todo lo que Sánchez ha talado en materia de calidad democrática, al tiempo que afronta fracturas estructurales gravísimas en el ámbito social, económico e institucional. Y a esto se suma el nada baladí encargo de contener a Vox. Una formación política que se ha revelado manifiestamente inútil en aquellos gobiernos autonómicos y locales donde ha tocado moqueta, evidenciando que se les va toda la fuerza por la boca y que adolecen de cualquier capacidad de gestión real; demostrando una vez más que el populismo y los lemas grandilocuentes jamás arreglan ninguno de los problemas de nuestra sociedad.

Llegados a este punto de no retorno, al votante histórico socialista le tocará decidir ante las urnas si aprieta los dientes e intenta amortiguar una derrota que se prevé histórica para Pedro Sánchez, o si, en un ejercicio de crudo pragmatismo, se decanta por votar al PP para asegurar que su relación de fuerzas respecto a Vox sea mucho más favorable para la estabilidad de nuestras maltrechas instituciones y para las políticas que quieran llevarse a cabo.

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