Durante los años setenta, existió en el Paseo de Vara de Rey, colindando con la sociedad cultural Ebusus, un espacio cultural, una sala de exposiciones, patrocinada por la antigua Caja de Ahorros Sa Nostra, que en esos años fue un auténtico epicentro de exposiciones de arte, pintura y fotografía.
Una tarde de verano, estando yo cerca de cumplir los 18 años, entré en esa sala a dar una vuelta, acompañado de unos amigos. Exponía un fotógrafo joven, que yo creo que entonces tendría entre 28 y 30 años. Estaba leyendo sentado en un banco de la sala. Me llamó la atención su lectura: «Cartas a Theo», recopilación de correspondencia y escritos realizados por el atribulado pintor holandés Vincent Van Gogh a su hermano Theo. Aproveché esa lectura para preguntarle: «¿Qué tal este libro?» Me respondió que era un libro extraordinario y que su lectura le tenía literalmente enganchado. A partir de ahí, se inició una conversación amigable, se levantó y empezó a enseñarnos la exposición. Se trataba de un compendio de fotografías en blanco y negro, una de las cuales era bastante impactante, pues se veía un avión comercial pasando cerca de la torre de la Catedral de Ibiza. Aunque hoy no podamos aprehender el dramatismo que reflejaba aquella fotografía, quizá porque yo no sé trasladarlo en palabras, era uno de los iconos de aquella exposición.
La exposición en realidad era una crítica al mundo moderno que en aquel entonces empezaba a despuntar y, con más fuerza de contraste si cabe, en las islas de Ibiza y Formentera. El artista pretendía lanzar un mensaje de contraste antropológico: los usos y útiles de la sociedad rural o la arquitectura milenaria de Dalt Vila, frente a la irrupción implacable de los símbolos de la modernidad de masas, como era el ejemplo de la aviación comercial que iba a contribuir a transformar para siempre la economía insular.
A partir de aquí, la cordialidad inicial se transformó en una discusión, incluso subida de tono en algunos momentos. El artista en realidad, si no era partidario de un retorno a la sociedad rural, poco le faltaba. Y toda su obra al capturar la transformación profunda que se estaba produciendo en las islas, en realidad era una crítica acerada a lo que estaba sucediendo. Yo, seguramente por falta de «cintura» y de diplomacia, o por ser demasiado joven, no hice sino contradecirle sistemáticamente, al insistir sobre la idea de que la evolución de la sociedad era inevitable y que el retorno a la sociedad rural era una quimera.
Quiso la casualidad que apareciese en la sala una pintora extranjera, amiga del fotógrafo, que seguramente debía pertenecer al grupo de mujeres artistas procedentes de Centroeuropa o el norte de Europa, que al parecer en aquel tiempo estaban muy integradas en la vida cultural pitiusa. La pintora asistió momentáneamente callada al debate, en el cual la irritación del fotógrafo iba en aumento. Llegado cierto momento, la pintora intervino para rebajar la tensión y me dijo que lo que yo decía era muy articulado, pero que me aconsejaba que leyese «Future shock», tal como textualmente lo dijo. Se refería a la obra de Alvin Tofler, «El Shock del Futuro», que tuvo una cierta repercusión en el siglo XX.
Nunca olvidé las palabras de la pintora, que fueron dichas de manera muy amable, aunque tardé algunos años en volver sobre la cuestión. Gracias a eso, entendí mejor la sensibilidad de aquel fotógrafo. De hecho, con el tiempo aprendí que hubo varios fotógrafos artistas en Ibiza que observaban como el turismo de masas, el hormigón y la aviación comercial transformaban radicalmente el territorio tradicional y, en este sentido, el progreso técnico no se vivía necesariamente como una liberación luminosa sino como una amenaza de destrucción cultural y de pérdida de identidad. Por ello, su mirada artística tendía a poner en valor lo rural y lo «auténtico» frente a una modernidad acelerada.
La obra de Tofler, aunque algo farragosa de leer, iba en este sentido. Él acuñó el término shock del futuro para describir una especie de «enhoramala» psicológica y social que sufre el ser humano cuando el ritmo del cambio tecnológico y social es tan rápido que supera su capacidad de adaptación. Observemos que eso está escrito en el siglo XX, antes de la revolución microinformática.
En definitiva, la pintora, seguramente, me estaba invitando a entender las dinámicas de la aceleración técnica que yo en aquel momento defendía delante del fotógrafo, y quiero pensar que lo hacía con una advertencia crítica: el vértigo del progreso tecnológico no trae solo ventajas, sino también una profunda desorientación humana, social y ambiental.
Yo siempre defendí la tecnología y el progreso técnico, también sobre la base de que es algo inevitable y que bien orientado contribuye a sacar de la pobreza las sociedades y elevar el nivel de vida. Aunque debo confesar que mi visión positiva de la tecnología siempre fue bajando de grados, pues una sensación de inquietud nunca dejé de tenerla, ya en el propio siglo XX. No digamos, en los tiempos actuales, con las inquietudes alrededor de la IA.
No creo que sea yo el único que piensa que el avance tecnológico es un motor histórico inevitable, pero que al mismo tiempo conserve esa visión crítica que en aquel momento ni el fotógrafo ni la pintora me lograron inculcar. Aunque el poso de romanticismo idealista va quedando por el camino, no hay que perder el sentido crítico ante el coste humano y cultural de las transformaciones. Creo que aquel debate juvenil en Vara de Rey entre la mirada defensiva del fotógrafo frente al vértigo de los tiempos y mi visión abierta hacia el progreso, pero tamizada con los años, resume la historia de Ibiza y Formentera en las últimas décadas.
Hoy en día, el debate social, que por cierto se está recrudeciendo, sobre la masificación, la sostenibilidad, o el impacto disruptivo de la inteligencia artificial, no son más que la evolución de aquel mismo debate que, con cierta inconsciencia, mantuve en aquella magnífica, por lo que culturalmente representaba, sala de exposiciones. Cambian las tecnologías y los ritmos, pero la cuestión y la pregunta de fondo sigue siendo la misma: Nuestra sociedad está desorientada ante la dinámica de los acontecimientos. Y en este sentido, ¿cómo lo gestionamos y qué hay que sacrificar a cambio del supuesto progreso?
Nunca pude recordar el nombre del fotógrafo, ni el de la pintora, pero dejaron un poso en mí que siempre me ha invitado a mantener la mirada despierta y no ser un mero espectador del devenir de los tiempos. Que además es lo que debemos hacer todos como sociedad, para intentar embridar el progreso y hacer este social y económicamente útil, aunque muchas cosas no nos gusten.