Benito Requejo Candela es el alcalde de Valdemorillo del Moncayo, una pequeña localidad aragonesa que pretende convertirse en referente turístico como otras ciudades españolas con parador incluido. Solo así conseguirá desarrollarse, abandonar la agricultura y evitar que los jóvenes quieran irse del pueblo en busca de oportunidades. Así es como Benito, junto a Basilio, el secretario del ayuntamiento, parte hacia Marbella para imitar su exitoso modelo. Pero ambos se dejan llevar por las múltiples tentaciones veraniegas concurrentes en una zona de playa y sol repleta de ofertas de ocio y fiesta hasta fundirse los fondos reservados para esta noble misión en una típica demostración española de masculinidad retrógrada con acento rural.
Esta es la trama de El turismo es un gran invento, comedia de 1968 dirigida por Pedro Lazaga, producida por Pedro Masó y protagonizada por el inigualable Paco Martínez Soria, junto a José Luis López Vázquez y Antonio Ozores, que constituye una muestra más del desarrollo turístico y económico vivido durante la época franquista en nuestro país, con todos sus tópicos y estereotipos, como otras muchas películas que mostraban en clave de humor esa transformación que estábamos experimentando, tales como Amor a la española, 40 grados a la sombra, El abominable hombre de la costa del sol, Manolo la nuit o Tres suecas para tres rodríguez. Era momento de promocionar la panacea de progreso que suponía el turismo, ese gran invento que traían consigo riqueza fácil a nuestra pobre y rural nación fruto del Plan de Estabilización y Liberalización de 1959. Ya saben, aquello de Spain is different que soltara Fraga.
Pero en la España contemporánea, lo que antaño se usaba en clave de humor a modo de promoción de una industria en auge resaltando sus múltiples virtudes y beneficios, ha perdido ya la gracia al situarse como una de las causas de los graves males que sufren las zonas más afectadas por la invasión que suponen las hordas de turistas que las visitan y que alteran el tejido social de barrios enteros. Por el contrario, ahora afloran multitud de documentales que denuncian esta especie de neocolonialismo y las consecuencias sociales, económicas y ecológicas que trae consigo la llegada de un número cada vez más inasumible de visitantes que abocan a determinados territorios al borde de su capacidad. Palabras como gentrificación o turismofobia forman parte de nuestro vocabulario diario y son la consecuencia lógica del hartazgo que provoca la paulatina expulsión que de su propio hábitat natural están experimentando los sufridos nativos locales. Así se recoge en Overbooking, documental dirigido por Alex Dioscórides Gomis, en el que se representa la conversión de Mallorca en un parque de atracciones para turistas llegados de todas las latitudes y que marca el futuro de esta y de otras ciudades como ponen de manifiesto cada año las multitudinarias manifestaciones que recorren sus calles, en esta última ocasión con cuestionables porrazos incluidos.
Como en La otra muerte de Borges, en la que Damián es visto por diferentes personajes como un valiente, un cobarde o como alguien olvidado, también el turismo es opinable según la perspectiva que adopte el concreto narrador. Los detractores, tomando en consideración sus múltiples efectos negativos, lo conciben como un problema enquistado que exige una seria reflexión sobre el modelo a seguir si no se quiere llevar hasta la agonía a bienes y servicios esenciales. Los partidarios, por el contrario, entienden como incomprensible que una población que vive esencialmente del turismo como única actividad económica, que genera riqueza y empleo a partir de sus gratuitos recursos naturales y patrimonio cultural, pueda rebelarse contra ella. Y ambas posturas pueden llegar a ser válidas, claro está, hasta que el exceso, las masas, la saturación y la sobre explotación detonan esta eterna dicotomía decantando la balanza ante el empeoramiento de la calidad de vida de los residentes derivada del incremento de los precios de los alquileres y de las compraventas de viviendas, de la pérdida del comercio tradicional local, del vandalismo, del ruido, de la congestión, de los residuos o de la contaminación, especialmente en lugares de limitados recursos o débiles ecosistemas como el nuestro. Así es como el turista deja de ser el motor económico de nuestro país para convertirse en el enemigo perfecto.
El año pasado se batió un nuevo récord de visitantes rozando los 19 millones de turistas en un archipiélago en el que habitan 1.2 millones de personas repartidas entre las cuatro islas. Y está claro que el turismo es un gran invento, que abre la mente, entremezcla culturas, genera empleo y riqueza y no debería limitarse. Pero su crecimiento no puede ser exponencial e ilimitado hasta el punto de generar dinámicas contraproducentes que supongan que, para darte un limón, haya que secar el limonero. No debe caerse en la trampa de un desarrollo salvaje como el actual que desplace a la población local de sus barrios o la encasille como meros cosificados sirvientes de los pudientes visitantes que extenúan los recursos propios, degradan sus parajes naturales y alteran sus rutinarias vidas. Ejemplos hay a patadas. Vean si no lo que ocurrió con la romántica Venecia, desolada por la fatal desdicha del turismo de masas que no se soluciona exclusivamente a base de la simple imposición del pago de tasas para poder visitarla.
Y es que el éxito puede ser un arma de doble filo, por lo que no podemos permitirnos que la belleza y autenticidad inmortal de nuestras islas se convierta en su sentencia de muerte. Tal vez todo pueda resumirse en la gráfica anécdota contada por Arturo Pérez Reverte en la que, tras su viaje por Lisboa, cuenta aquello de «Miro hacia aquellos escandalosos hijos de puta y le digo al camarero: He tenido que venir a una mesa que esté lejos. Y el camarero, con ademán triste y elegante de viejo lisboeta, se encoge de hombros, sonríe melancólico y responde: Ya no hay mesas lo bastante lejos». Pues eso…