Las palabras del obispo de Ibiza, Vicent Ribas, sobre la beatificación de veinte sacerdotes asesinados durante la Guerra Civil constituyen una admirable apelación a la reconciliación y al perdón. No se percibe en ellas ni un ápice de resentimiento, rencor o deseo de revancha. Todo lo contrario. El prelado reivindica la memoria de las víctimas sin convertirla en un instrumento para alimentar nuevos enfrentamientos. «No queremos que esto sea repetir una lista de agravios», ha afirmado. Una reflexión que debería servir de ejemplo a quienes parecen empeñados en mantener abiertas las heridas de una tragedia fraticida ocurrida hace noventa años. La Guerra Civil fue una catástrofe colectiva en la que se cometieron atrocidades desde ambos bandos. Como en todas las guerras, malditas sean y malditos quienes las promueven, hubo víctimas inocentes, crímenes injustificables y sufrimientos que marcaron generaciones enteras. Nadie puede pretender blanquear aquellos horrores ni negar a las familias el derecho a honrar a sus muertos. Es comprensible que haya quienes todavía no hayan conseguido superar aquel trauma, transmitido de padres a hijos durante décadas.
Lo cuestionable es la pretensión de arrastrar al conjunto de la sociedad a revivir permanentemente aquel enfrentamiento, imponiendo un relato maniqueo de buenos y malos que ignora deliberadamente la complejidad de nuestra historia. Recordar no exige odiar. Reconocer a las víctimas no obliga a condenar eternamente a los descendientes de sus verdugos. Y hacer justicia a la memoria tampoco debería significar utilizar políticamente a los muertos. Vicent Ribas explica que el perdón no supone olvidar ni justificar los crímenes, sino impedir que el odio siga condicionando nuestro presente. Noventa años después, las Pitiusas necesitan más voces como la suya y menos guardianes interesados en perpetuar nuestras viejas divisiones.