El citró blanc, como se conoce en Ibiza a la piparra, es uno de esos productos que han encontrado su lugar en la agricultura y la gastronomía de la isla. Su historia, según cuenta Bartolo Costa, vendedor de Es Mercat de Sa Cooperativa de Sant Antoni, está ligada a los marineros vascos que antiguamente llegaban a Ibiza en barcos para cargar sal y que habrían introducido este cultivo.
Costa sitúa esta llegada entre los siglos XVIII y XIX y recuerda una curiosa anécdota relacionada con Sant Jordi, donde la influencia de aquellos marineros habría llegado incluso al lenguaje cotidiano. Según explica, sus habitantes llegaron a utilizar el «agur» vasco como forma de despedida, en lugar del tradicional «adeu», fruto de la relación que se estableció entre los visitantes y la población local.
Actualmente, el citró blanc se vende a ocho euros el kilo, un precio que, según Costa, apenas ha variado con los años. Aunque reconoce que puede parecer elevado, señala que se trata de un cultivo costoso y de un producto apreciado por los consumidores.
Su temporada comienza entre abril y junio y se prolonga hasta la llegada del frío. La duración depende de las condiciones meteorológicas y puede variar considerablemente de un año a otro. «Hay años en los que en febrero todavía tenemos piparras», explica Costa, mientras que en otras ocasiones una helada puede acabar antes con la cosecha. Las temperaturas suaves permiten que la producción se mantenga durante más tiempo.
En la cocina, las piparras admiten distintas preparaciones. Pueden consumirse salteadas y, cuando están más maduras, adquieren un punto picante. También se utilizan en platos como las gambas al ajillo, aunque en Ibiza una de las formas más tradicionales de prepararlas es en conserva. Para ello se recogen verdes y se introducen en agua con sal o, mejor aún, en agua marina, como explica Costa. Esta preparación permite conservarlas y consumirlas encurtidas durante todo el año.
El cultivo tampoco está exento de dificultades. Costa señala que una de las principales amenazas son las palomas torcaces, que atacan directamente a las plantas y pueden llegar a dejarlas sin hojas. Para ahuyentarlas, los agricultores colocan cometas con forma de aves rapaces que se mueven con el viento, simulando la presencia de depredadores y ayudando así a proteger las plantaciones.
Así, el citró blanc continúa presente en los mercados ibicencos como un producto de temporada que conserva su vínculo con la agricultura local y con una historia que, según la tradición relatada por Costa, comenzó con aquellos barcos que llegaban del País Vasco en busca de sal.