Lo que debía ser una apacible jornada de mar en Cala Saona, en Formentera, se convirtió este pasado 14 de agosto en una auténtica pesadilla para los bañistas y navegantes que allí se encontraban. Un vecino de Ibiza con más de 30 años de experiencia en la mar se ha puesto en contacto con este rotativo para denunciar públicamente una situación de peligro e impunidad absoluta provocada por el uso irresponsable de motos acuáticas y tablas de surf motorizadas (foils).
Según relata el denunciante «aquel día había 18 lanchas de alquiler, la inmensa mayoría mal fondeada.» De hecho, el caos en el fondeo obligó al propio marinero a vivir situaciones surrealistas previas, como tener que saltar al agua a bucear para entregarle en mano el ancla a un turista que no sabía fondear correctamente.
Tras dos horas de buscar la calma en Cala Saona, la tranquilidad del lugar se rompió de forma abrupta con la llegada de una lancha de apoyo acompañada de tres jets (motos de agua) y dos foils. A juzgar por los carteles identificativos que portaba la embarcación y la presencia de una persona ejerciendo labores de guía, los vehículos procedían claramente de un servicio de alquiler comercial.
Conducción temeraria
Lejos de mantener una navegación prudente, los usuarios «a quienes se les notaba que evidentemente les costaba conducir» comenzaron a circular de forma temeraria. La situación alcanzó un punto crítico cuando una de estas tablas motorizadas pasó a apenas dos metros de donde su propio hijo se encontraba bañándose, además de hostigar y cruzar peligrosamente muy cerca de las embarcaciones fondeadas.
Ante el evidente riesgo para la seguridad, el vecino decidió enfrentarse con uno de los instructores responsables del grupo, recordándole la normativa vigente y la prohibición de navegar con este tipo de vehículos recreativos a menos de 50 metros de las zonas de baño y en espacios protegidos, además de exigirles una velocidad adecuada.
La tensión del momento quedó reflejada en el intercambio de palabras entre ambos. «Al volver a pasar le he dicho de forma suave y educada «¿sabes que no puedes hacer esto por aqui?». Y me responde «¿cómo que no, quién lo dice?». «La Guardia Civil, si les llamo». Y me responde "pues llámales: desde luego, ni los buenos dias me das», relata el afectado. Una muestra de la actitud chulesca con la que el personal de alquiler respondió a las advertencias, restando importancia a los hechos y desvinculándose de la infracción a pesar de continuar supervisando la actividad en la zona.
Sensación de abandono y falta de recursos
El afectado lamenta profundamente la deriva que están tomando las costas de las Pitiusas, señalando que la situación en Cala Saona el pasado 14 de agosto «parecía Benidorm», sin rastro de control institucional ni presencia de las fuerzas de seguridad, sin que se viera ni un solo coche de la Guardia Civil o patrulla de control en todo el entorno durante pleno pico de verano.
Preguntado por la posibilidad de haber avisado a las autoridades, el navegante reconoce que la escasez crónica de recursos y medios en las islas hace que muchas veces estas denuncias queden en el aire, por lo que optaron por lo más prudente: recoger e irse del lugar por temor a una desgracia.
La indignación es compartida por otros patrones presentes en el fondeo, que observaban avergonzados la escena. Algunos de ellos llegaron a calificar el rincón como un «reducto de piratas», aludiendo a que, tras sufrir limitaciones y mayores restricciones en otras zonas de la isla —teniendo en cuenta que en los parques naturales o zonas protegidas no se permite circular con este tipo de vehículos y que Cala Saona actúa prácticamente como el límite o la frontera de esa prohibición, lo que agrava que operen allí con total impunidad—, estas empresas de alquiler han encontrado en este punto un refugio donde operar sin apenas vigilancia, convirtiendo un paraíso natural en «un circo» sin regulación.
Ibiza hundida en mierda, una pena y esto no va a mejor