Poonacha Machaiah es emprendedor tecnológico y CEO de la Fundación de Deepak Chopra. Su trabajo se sitúa en la intersección entre tecnología, salud mental y desarrollo de la conciencia humana. Durante más de dos décadas ha explorado cómo herramientas digitales —y ahora la inteligencia artificial— pueden no solo aumentar la eficiencia sino redefinir la forma en que los seres humanos se comprenden a sí mismos.
A punto de publicar su libro Being in the ale of IA, Machaiah reflexiona sobre el impacto cultural, ético y emocional de la inteligencia artificial, su relación con la salud mental y el riesgo de perder agencia humana en un mundo cada vez más mediado por algoritmos.
—Su discurso sobre la inteligencia artificial se aleja del enfoque habitual centrado en la productividad. ¿Cuál es su planteamiento?
—La inteligencia artificial ya está aquí y es evidente que va a cambiar la forma en la que trabajamos, tomamos decisiones y nos relacionamos con la información. Pero creo que nos estamos equivocando si reducimos su impacto a una sola dimensión: la productividad.
Mi interés no es hacer que las personas sean más rápidas o más eficientes en su trabajo. Eso, en muchos casos, ya está generando el efecto contrario: más presión, más saturación, más agotamiento. Y eso es un problema serio, porque la sociedad ya estaba cansada antes de la llegada de la IA.
La pregunta que yo me hago es otra: ¿cómo utilizamos esta tecnología para fortalecer lo humano en lugar de debilitarlo? ¿Cómo conseguimos que, en lugar de alejarnos de nosotros mismos, nos acerque a una comprensión más profunda de quiénes somos? No se trata de hacer humanos más productivos sino más conscientes, más equilibrados y, en última instancia, más humanos en un contexto tecnológico que tiende a lo contrario.
—En su discurso aparece de forma recurrente la salud mental como un eje central. ¿Por qué le da tanta importancia?
—Porque estamos ante lo que podríamos llamar una pandemia silenciosa. La salud mental se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, y sin embargo no siempre recibe la atención que merece.
Hoy, cada 40 segundos, una persona se suicida en algún lugar del mundo. No es una estadística abstracta; es una realidad constante, global, que atraviesa todos los países, culturas y niveles socioeconómicos. Si lo piensas en términos de una conversación de media hora, estamos hablando de más de treinta vidas perdidas en ese intervalo.
Esto nos obliga a replantearnos muchas cosas. No solo sobre la tecnología, sino sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo.
Llevo más de veinte años trabajando en iniciativas orientadas al bienestar humano, siempre con la misma idea de fondo: cómo utilizar la tecnología para mejorar la calidad de vida, no solo para aumentar la eficiencia. En el mejor de los casos, la tecnología debería ayudarnos a reducir el sufrimiento evitable y a crear condiciones para una vida más plena.
—¿Cómo encaja la inteligencia artificial en esa visión del bienestar?
—Para mí, la clave está en entender que la experiencia humana no es solo racional o productiva. Está compuesta por sensaciones, imágenes, emociones y pensamientos. Nosotros lo llamamos SIFT: sensations, images, feelings and thoughts.
Todo lo que experimentamos pasa por ese filtro. Construimos la realidad a partir de ello. Y eso significa que la tecnología no solo debería interactuar con datos, sino también con nuestra experiencia subjetiva del mundo.
Durante años hemos trabajado en meditación y conciencia con el doctor Deepak Chopra, precisamente para ayudar a las personas a distinguir entre su identidad profunda y la imagen que proyectan. Hoy vivimos en un entorno donde esa confusión se ha amplificado: el «yo» digital, el perfil, el rendimiento, la exposición constante.
La inteligencia artificial, bien utilizada, podría ayudarnos a plantearnos preguntas esenciales: ¿quién soy realmente?, ¿qué deseo de verdad?, ¿cuál es mi propósito?, ¿qué valoro y por qué estoy agradecido?
No se trata de respuestas superficiales, ni de perfiles profesionales. Se trata de una exploración más profunda de la identidad humana.
—Usted compara la inteligencia artificial con herramientas como un cuchillo. ¿Qué quiere decir exactamente con eso?
—La comparación es simple, pero muy ilustrativa. Un cuchillo no es bueno ni malo en sí mismo. Depende del uso que se le dé. En manos de un chef, crea alimento. En manos de un cirujano, salva vidas. En manos equivocadas, puede causar daño.
Con la inteligencia artificial ocurre exactamente lo mismo, pero a una escala mucho mayor.
El debate sobre si la IA es buena o mala me parece ya superado. La tecnología está aquí, ya forma parte de nuestra realidad. La verdadera cuestión es: ¿cómo la utilizamos? ¿Qué tipo de seres humanos nos ayuda a ser?
—Sin embargo, también advierte sobre el riesgo de perder agencia humana.
—Sí, y creo que es uno de los puntos más importantes del momento actual. Estamos empezando a delegar demasiadas decisiones en sistemas tecnológicos. Y eso plantea una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando dejamos de decidir por nosotros mismos?
Hay una tendencia creciente a pedirle a la IA incluso decisiones personales: qué escribir, qué sentir, qué hacer. Y aunque eso pueda parecer inofensivo, a largo plazo puede erosionar nuestra capacidad de juicio.
No deberíamos ceder nuestra agencia humana. La tecnología debe ser una herramienta, no un sustituto de la experiencia vivida.
Esto ya ha ocurrido antes con otras tecnologías. El teléfono móvil es un ejemplo claro: pasó de ser una herramienta a convertirse en una extensión constante de nosotros mismos. Y ahora nos encontramos en un punto similar con la inteligencia artificial.
—También ha señalado que el entorno digital está transformando la forma en que nos relacionamos.
—Sí, y creo que es muy evidente. Hemos perdido parte del arte del encuentro humano. Antes, muchas relaciones empezaban en espacios físicos: en un bar, en una conversación casual, en un encuentro imprevisto. Había error, había incertidumbre, había aprendizaje.
Hoy gran parte de esas interacciones están mediadas por algoritmos. Eso cambia la naturaleza del vínculo humano. No es necesariamente peor, pero es diferente, y tenemos que ser conscientes de lo que implica.
Incluso algo tan sencillo como ver una puesta de sol ha cambiado: muchas personas ya no la viven directamente sino a través de una pantalla. Y eso tiene implicaciones profundas sobre cómo experimentamos el presente.
—Otro de los temas clave en su reflexión es el sesgo de los datos con los que se entrena la IA.
—Ese es un problema estructural. La inteligencia artificial aprende de los datos que le damos, y esos datos reflejan el mundo tal como es, con todos sus sesgos, desigualdades y limitaciones.
Por eso es tan importante la diversidad en el desarrollo tecnológico. No solo diversidad cultural o de género, sino diversidad de perspectivas. Si los sistemas se construyen desde una visión homogénea, reproducen esa homogeneidad.
Incluso en ámbitos como la salud vemos este problema. Muchos dispositivos no están calibrados para todos los tipos de piel o contextos fisiológicos. Eso tiene consecuencias reales.
—¿Qué ocurre cuando estos sistemas toman decisiones opacas, como en el caso de un crédito bancario?
—Ahí entramos en el problema de la caja negra. Si un algoritmo rechaza una solicitud de crédito y no puedes entender por qué, estás ante una falta de transparencia.
Eso rompe la cadena de confianza. Porque no hay explicación, no hay responsabilidad clara, no hay posibilidad de apelación.
Por eso uno de los grandes retos de esta nueva era es la construcción de confianza. Y la confianza no es abstracta: se basa en transparencia, coherencia, competencia y compromiso.
—¿Confía usted en que la tecnología actual está siendo desarrollada con esos principios?
—Creo que estamos en un punto de tensión. Por un lado, hay un enorme potencial para mejorar la vida humana. Por otro, existe una fuerte presión hacia la optimización económica, el crecimiento y la velocidad.
Eso crea un desequilibrio. Y ese desequilibrio puede empujarnos en dos direcciones: hacia un futuro más humano o hacia un escenario más problemático.
La diferencia no está en la tecnología sino en las decisiones humanas detrás de ella.
—En ese contexto, ¿qué papel juegan los desarrolladores y líderes tecnológicos?
—Un papel enorme. Hoy los ingenieros y desarrolladores no son solo constructores de software; son arquitectos de sistemas que influyen en la vida cotidiana de millones de personas.
Por eso les hago siempre la misma pregunta: ¿estás construyendo esto solo para generar valor económico o porque crees en algo más profundo?
La tecnología no es neutral en su impacto social, aunque lo sea en su naturaleza técnica.
—¿Cuál es, entonces, la salida a estos dilemas?
—No creo que la solución sea únicamente tecnológica. Es humana.
Tenemos que centrarnos en el desarrollo de la conciencia, el autoconocimiento y la educación emocional. Porque si no somos capaces de entendernos a nosotros mismos, difícilmente podremos diseñar sistemas que nos ayuden. Primero hay que preguntarse quién soy. Solo entonces podemos empezar a construir algo coherente hacia fuera.
—A pesar de todo, mantiene un discurso optimista.
—Sí, soy optimista. Si miro hacia atrás y comparo con hace 100 años, y miro hacia adelante y comparo con los próximos 20, no tengo duda: prefiero el futuro. Tenemos más conocimiento, más herramientas y más capacidad de resolver problemas que nunca antes. El vaso puede verse medio lleno o medio vacío, pero esa es una cuestión de perspectiva. Y, al final, las preguntas esenciales siguen siendo las mismas: quién soy, qué quiero, cuál es mi propósito y por qué estoy agradecido. La tecnología debería ayudarnos a responderlas mejor, no a olvidarlas.